31/3/10

María B


Mira de lado, coquetea, lame adrede y hostiga al silencio, porque le teme. Su apuro es tan sonoro como su paso quedo. Se le llenan los ojos, se le colman de personas y voces y lugares, porque se ha prometido una carrera tonta. Se venera tanto como engulle sus pellejos, descree del júbilo gratuito y atesora llantos por si acaso. Se ausenta. Se ausenta si no es vista. Pero el ingenio le ha dado mil alcobas y encontró mil palomas que lleven sus mensajes silentes. Crines camaleónicas y boquitas pintadas para todos; la seducción es un juego táctico devenido en el fin de Maquiavelo. Hombres y mujeres se le antojan a sus pies hermosos y de cada cual ha robado algo. No obsta a su vicio mirar a veces sobre el hombro, regalar un aleteo de pestañas, contar los pasos que la separan del hastío terrenal. Libra batallas sin enemigos y las gana por cansancio, por capricho, por un acorde o un color que llame a la tregua, a una mesa de mala muerte para sorber delirios que mienten maravillas.
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La Cólera

Los corderos son leones
y la vigilia es una tortura
sanguínea, un espasmo de luz.
Voy a fenecer en tu ausencia y la injusticia.
Te deseo el horror de las manos vacías,
el asedio de mi cuerpo regado
entre todos los hombres.
Que ya no calmes mi sed,
que el recuerdo grato calumnie mi pasado,
que la muerte sea hermosa con mi falta.
Afuera el hambre ganaba batallas
y yo servía tu mesa por tu bien, que era el mío.

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30/3/10

Clara


Clara se enemista, charla tangos, despotrica disfrazada de verdades duras. Cada mediodía desentraña el misterio de verse al espejo y con su saldo negativo empieza, una vez más, a lidiar con las arrugas y la vida que, cree, es peor que la de otros. Llora a escondidas y hay horas que quisiera trocar la suerte con un hombre. Avezada en la labor de desear hondo y callo, ruega que se aligere el peso de los pantalones, que no asfixie la calamidad del nido vacío ni sangre el lomo con los murmullos de las que tienen marido. Clara es sepia; con suerte es blanco y negro, y su charlatanería despierta a la vieja Avellaneda, próspera y de bocas pintadas. Cuenta vivaz, treinta y dos veces, la nimiedad de su falda, y su buen culo paseando por Mitre. Y nadie duda, excepto ella, que teme que dudemos. Y ruega con los ojos y quiere de más, porque así es cuando el amor ha sido negligente. Hasta dar con la danza gris de un cigarro ardido, apurado, cuenta bonanzas; después se toca el pelo ralo, los lamentos escondidos detrás de ese anillo que hace bailar bagualas mientras habla, refriega esa nariz respingona, otrora alzada, entre la burguesía sureña.
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29/3/10

Crónica


Breathe on me. Sin decencia, sin decoro. Ya supe de tus días, de tu cuerpo ajado y agradecido, e impúdico y profanador. De mi cínica inocencia, de eso se trata, y me pregunto como derramamos el pecado, sin pertenecerte, viéndote jugar en otro sexo y hasta deleitándome con tu fiel placer. Rape me. ¿Qué es este río que corre entre las piernas? Será el terreno que gano en cada batalla. Y me digo, you’re just too good to be true. ¿Cuándo vas a desarmarte entre mis fauces? Fácil es que pongas el cuerpo a la gratuita mentira, donde somos dos simios admirados con las pupilas camaleónicas. Y después de la sombra del descanso todo vuelve al gris, y los flancos húmedos huyen bajo los harapos de los hombres probos. Tus canas recuperan la razón, los ojos azules abandonan la infame ceguera. Kiss me. ¿Te llevo a casa, pendeja?.
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Noche Turca

La diafanidad se había vuelto un concepto obsoleto. Esa mañana, la bóveda mostraba su cara más cínica, y el cielo se antojó viscoso y trocó lugar con el lodo. Los charcos espesos latían impunes en el plano blanco que cedía sin remedio, crecieron como una peste, con una belleza implacable, con la precisión de los métodos infalibles. Toda la luz fue tragada con una voracidad cursi, dúctil, pueril. No era necesario perder el cielo así, sin embargo todo fue manchado sin respetar el hogar de los credos.
Los pájaros confundían las migas de pan con promesas de luz, los girasoles se marchitaron, y los niños perdieron el miedo a la oscuridad. Los colores abandonaron su cerrada reyerta de antaño y la voz triunfó sobre los gestos.
La opacidad era tan pétrea que el suelo que nos hermanaba pareció diluirse en el agua que nos calmaba la sed. Por primera vez la tierra era clara.
Asistíamos, finalmente, al revés, al viceversa, al trueque.
Hicimos trato con los dioses, y todos pagaron un precio razonable por habitar esta porción del mundo. Exigimos fe, que es creer sin ver, y garantizamos anonimato.
Todos supimos en ese instante que debíamos observar, cada uno con la distancia que el coraje permitiera, pero todos sin lucha. Ese día decidimos amarnos, porque la historia apremiaba, y sentir era suficiente. Desprovistos de la mentira de mirarnos, nos embargamos en otras mentiras, pero más resbaladizas. Resultaron importantes las palabras y los aromas. La música y el café me embriagaron. Me abandoné a la exploración cruda, manifiesta y sin retorno. Enfaticé el poder de tus manos y las mías, caminé a ciegas y recordé el color de un jirón de tela.
Y solo así pudimos encontrarnos, verter al unísono; en el milagro más decoroso, en el apocalipsis no augurado. Y aunque el valor nos permitió en demasía, solo podíamos escoger el lugar. El terruño donde el reloj demorara el paso, hasta cesar agobiado. El lecho incómodo, inconciente, inútil que nos arrope a desgano. Te pedí que cantaras grave, para imaginar que llegaba el alba. Dibujaste una cruz en mi pecho. El agua hizo el resto.

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26/3/10

Reprimen

Las piernas veloces son obsoletas, tampoco sirven las lenguas, ni la palabra pronta. Bajo una algarabía se somete al ángel y al demonio, se ultraja el deseo, el deseo de ser, el ser. Se ciega la voluntad de decir, se enmudece el oído, se apaga la luz. Del que amedrenta, no es más que miedo; no es más que temor del temerario. Una ignorancia carnívora, unos dientes gigantes de aquel pequeño ser, arremeten. El cuerpo sangra por lo que el alma dice, y así debe ser. La bestia solo consume achaques, nunca supo de artes. No sabe que la mordaza no calla, que el rebenque no doblega, sino a la carne. Con las primeras luces se ven los cardenales, se esconden sin embargo los triunfos arrumbados en el lienzo, en las cuerdas, en la tinta. Nadie les advirtió que acaban de perder otra batalla; la música sigue.

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Los Invisibles

Nadie la veía, y no por discreta. Quizás la prole a la rastra, o la pobreza escandalosa la hacen invisible. Ella, casi dueña de esa ausencia, se mueve sin gracia, con ahínco. Busca tesoros perdidos, descartados por otros, con gracia, sin ahínco. Todos buscan y molestan la moral. Arruinan la foto, así, a pesar de no existir. No están y todos les temen, no tienen nombre y todos los nombran. Ella, jefa a veces, sometida el resto, marca el compás, se apodera del espacio que le dio la vergüenza de los peatones, que caminan tan lejos como la calle permite. Ellos, como si supieran que no tienen futuro, son lentos, ocupan largamente los minutos, se emboban con nimiedades: un juguete, un irresoluto paquete de galletitas. En el guiño sanguíneo del semáforo improvisan con una pelota de nylon y papel, son Maradona sin mundial, sin potrero. Baja la luz, todos se subliman en una postal gris. Y está bien, combinan con la miseria humana.

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Élida

Inmigrante y enjuta, la seda le sienta. Los párpados a media asta y mira apesadumbrada sus dedos enredados, que amoratan un pañuelo guardián de un número inexacto de secretos; como los surcos de su piel, como el lamento. La alcoba tiene ecos de amor y llanto, por aprender a escribir, por hijos muertos. La luz, infame y traicionera, ha dado con el verde aguado de sus ojos, con los restos de un bizcocho y el jarro de mate cocido. Como la asignatura pendiente del olvido, allí se devana el seso repitiendo los seis nombres. Y los dice bajito, para que el infortunio no se los arrebate, otra vez.

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No ser No

Ser otro, ser detrás de. Y sin nombre, porque las letras mienten y el pasado es de cartón, con suerte; o de papel. Ni pertenecer, ni ser dueño, porque ni el camino del tiempo se puede desandar cuando el vientre ha muerto y las manos del asesino aún matan. De la boca al espejo, el vacío. Qué decirle a ese extraño que habita el cuerpo cada noche, cada hálito de certeza, cada cuadro de esta obra mal parida. Las voces son apenas de hierba, y se secan con la duda, fenecen en las fauces de los insectos que se nutren de verdades. Ese no es mi nombre. No me invoquen con sigilo ni con solemnidad, no soy ese que ven, ni ese que veo, porque no soy. Atrás, quedaron yermos los senos que me aguardaban. Atrás, en esa eternidad pétrea que da el tiempo perdido quedó mi nombre, la identidad de aquel que envilece los reflejos, mi fe.

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