Amor 77

* * *
"Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son."
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21/05/12

Mañana no


Mañana va a hacer frío. Lo dijeron en la radio. La radio es una rata que no se escapa de la luz, ahí se queda para recordarle sus miedos. Cuatro grados bajo cero. Hoy le recuerda el frío. Como otros días le recordó la lluvia o la crecida.

Pero no, ella decidió que no.

Mañana no. No va a hacer frío en el rancho, como ayer. No se va a levantar primera, magullando el mal aliento. No se va a corregir la colita del pelo, ni va a limpiarse los mocos con el revés del buzo, que es ropa de día y de noche. No va a prender la hornallita que nace en la garrafa. No dejará el colchón mugriento en el piso mugriento; ese colchón lleno de un hijo que no, no va a tener frío, como ayer. No le va a mirar los pelos pegados en la mejilla por la baba, las uñas sucias, los mocos que todavía no le limpió con el revés del buzo. No va a hacer frío.

No lo va a levantar de prepo a cartonear. No le va a dar el mate cocido en la taza marrón. No va a relojearle el metro veinte detrás de la nube que forma su propia respiración. Ni siquiera le va a decir “vamos m’hijto, apúrese”.

Nada de esto va a pasar porque, justo antes de que se haga noche, vino el camioncito de la iglesia. Entró por el barrial que arranca después del asfalto. Vino y trajo cajas con fideos, arroz y lentejas. Vino y trajo bolsas de residuos con ropa residual adentro. Y al pie del camioncito se agolparon todos, y todos recibieron algo, y también ella.

Se fue al rancho con las dádivas. Amontonó la comida en un estante, alto, para que no se humedezca; bien cerrada, por las ratas. Después abrió la bolsa negra, hurgó en las prendas. Entre remeras con cuello desbocado, medias sin talón y pantalones sin elástico fue el milagro. Apareció como un dedo pequeño y tímido. Primero uno, después todos. Todos los flecos de una bufanda azul. Azul, punto santa clara.

Y ahora ella llora apretando la bufanda. Mañana va a hacer frío y la bufanda. Flecos interminables de lana, azul sobre uñas negras, llanto sobre lana. La bufanda que desmiente la radio, y a pesar de todo, el llanto.

Y ahora se mete la bufanda entre la ropa, sirve un guiso homogéneo de arroz pasado, come sin mirar a ese hijo que también come sin mirarla, porque los dos solo tienen ojos para el plato. Y después al colchón mugriento, “acuéstese usté primero, m’hijito”, una garrafa abierta y una bufanda ajustando el sueño. Azul sobre uñas negras, manos de madre que llora un sueño azul que se interrumpe, que patalea y tose y después cede.

Mañana va a hacer frío, y quizás, en las noticias, hablarán de dos pobres diablos muertos.


* * *

18/04/12

Darle vida



Un camino. Un camino conocido. Gris de sabido, de solitario, de asiento de acompañante vacío. Un camino de noche, de trama de sombras, de una radio que sintoniza a duras penas. Un camino que si sonara, sería con un ronquido recortado por el bosque que lo convierte en pasillo. Sólo se ve hacia delante, sólo los metros en los que la oscuridad es descompuesta por los faros. Así, delante de los faros, se le agrandó la silueta en pocos segundos.

Por un instante, el camino ha dejado de roncar. Es invadido por la estridencia de unas cubiertas quietas, pero que igual avanzan. Dejan un surco inconfundible detrás. Siguen quietas, hasta que también se detiene el camino. Auto quieto, camino quieto. Igual de quietos que la silueta, que se copia en el suelo, alargada, igual de negra que el resto de la noche.

La silueta tiene el pelo pegado en el rostro. Tiene un rostro sucio y lamentoso. Se lamenta casi en silencio, con los brazos muertos en los flancos, con las palmas que miran los faros, los ojos que miran los faros. Algo ha sangrado en ella. Su cuerpo o el de otro. Porque los harapos le cuelgan oscuros, como le cuelga el gesto, las uñas embarradas, el brillo enfermo en la mirada.

Él no pregunta de quién es la sangre. Se limita a acercarle las manos sin tocarle el cuerpo. El acercamiento y la distancia, juntos, significan una duda que no articula, no verbaliza. Flota una apelación en el aire. Él se pregunta qué habrá ocurrido. Si será víctima o victimaria. Imagina que podría tener un nombre frágil o aterrador. Aventura Ana o Muriel. Los dos lo inquietan, le dan sed. Mira el borde del camino; más allá la mata se cierra, se vuelve un secreto, una mundo acotado donde los gritos no se escapan, ni los muertos, ni la verdad de las historias. Mira las palmas, las piensa perpetrando mil tajos, o escudando la cara de mil golpes. Todo; las dudas, la contemplación, el sangrado, la luz de los faros, todo sobreviene en silencio. Inclusive la mirada breve que le echa en los ojos. Breve porque no soporta, porque quema. Porque la incertidumbre le ataca los latidos, los testículos, la base de la lengua.

El dilema explota por dentro. Él, curiosamente, recuerda que está vivo. Más que esa mujer, que quizás mató, o estuvo a punto de morir. Más que el posible muerto, olvidado dentro de ese secreto que empieza al borde del camino. Más que el posible homicida, que se ha quedado sin víctima. Está vivo como hace años no lo estaba. Durante los minutos que dura la contemplación y el silencio, expira la fatiga del camino demasiado aprendido, de la enormidad del auto vacío en todas direcciones, de la soledad que transmite el chasquido metálico de la radio. Olvida su vida en sepia, la casa hueca a pesar del mobiliario, las mañanas sin espejo, lo voluntad desgarrada que lleva en el ceño.

La toca por fin. Es un contacto ligero. Son unas manos sobre unos hombros que invitan a la mujer a subir al auto. Ella cede, acompaña el impulso. El asiento del acompañante se llena de su sombra; el auto, de olor a barro; él, de latidos. Y con cada uno es otra duda, otra imagen de la mujer ángel caído o lobo feroz. Es un aturdimiento dulce, es jurarse no preguntar de quién es la sangre, que ahora también mancha sus manos, el tapizado. Es una caída abismal a cada paso vivo por subirse pronto al auto, terminar el trayecto que ahora se le antoja azul o violeta, pero no gris. Es estar vivo.

Y llegan. Cumplen el pacto de silencio a rajatabla. Él corre una vez más. Ayuda a la mujer a bajar del coche, la asiste hasta el umbral. Mientras, por dentro, la anarquía le crece como una fe. Abre la puerta. Antes de hacerla pasar, quiere retener la última imagen de la casa muerta. Ve las pantuflas raídas, un plato a medio cenar, un vaso con moscas. Antes de hacerla pasar, la abraza. Ana o Muriel, piensa, y ambos nombres lo inquietan. Siente el vértigo que le baja al estómago. El vértigo es abrasivo primero, frío después. Es agudo. Es vértigo. Ángel caído o lobo feroz. Dolor de estar vivo.

Cuando la suelta, ve la sangre. Bajo la mancha se ubica el epicentro del vértigo. Algo ha sangrado en él. Su cuerpo o el de ella. Porque la camisa le cuelga oscura y franqueada, como le cuelga el estupor, la vida breve, la vista opaca.

Mira las dos sangres, la suya y la otra. Cae. Y justo antes de que la puerta se cierre, ve la silueta entrar, traspasar el umbral, darle vida a la casa.
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11/04/12

Las entrañas de la Divina Comedia

Este año, en la 14ª edición del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente) se proyectará "El Rascacielos Latino" del Director Sebastián Schindel, quien se ha propuesto establecer cuánto hay de cierto en la conexión entre el Palacio Barolo y La Divina Comedia.


Las entrañas de la Divina Comedia

“Dicen que el edificio es Satánico”, comentan unos turistas, en un español neutro, originario de algún páramo centroamericano que no me animo a adivinar. Además, se ven otros idiomas paseando frente a su puerta, con mapas, igual de intrigados. Todos hablan del emblemático Palacio Barolo, o Galerías Barolo. Un fastuoso ejemplar de columnas, oropeles, vitraux y leyendas; un elefante de misterio al 1300 de la bellísima Avenida de Mayo.

La historia, allá lejos y hace tiempo, empieza así: Luis Barolo, progresista y poderoso productor agropecuario, llego a la Argentina en 1890. Fue el primero que trajo máquinas para hilar el algodón y se dedicó a la importación de tejidos. Instaló las primeras hilanderías de lana peinada del país e inició los primeros cultivos de algodón en el Chaco. En el centenario de la revolución de Mayo, conoció al Arquitecto Mario Palanti (1885-1979), a quien contrató para realizar el proyecto de un edificio que tenía en mente. Luis Barolo pensaba, como todos los europeos instalados en Argentina, que Europa sufriría numerosas guerras que destruirían todo el continente. Desesperado por conservar las cenizas del famoso Dante Alighieri, quiso construir un edificio inspirado en la obra del poeta, “La Divina Comedia”. El terreno elegido fue el de Avenida de Mayo 1370 y Victoria (hoy llamada Hipólito Yrigoyen), en el corazón urbano de Buenos Aires. En 1919 comenzó la edificación del palacio que se convirtió en el más alto de Latinoamérica, y en uno de los más altos del mundo en hormigón armado. Con un total de 24 plantas (22 pisos y 2 subsuelos), 100 metros de altura se hicieron posibles gracias a una concesión especial otorgada por el intendente Luis Cantilo en 1921, ya que superaba en casi cuatro veces la máxima permitida para la avenida. Hasta el punto más alto de la cúpula mide 90 metros, llegando a los 100 con un gran faro giratorio de 300.000 bujías que lo hacía visible desde el Uruguay. Una usina propia la autoabastecía en energía. En la década del ´20, esto lo convertiría en lo que hoy denominaríamos un “edificio inteligente”. Desde entonces existen 2 montacargas y 9 ascensores, de los cuales, dos están ocultos. Estos últimos respondían a las actividades comerciales de Barolo. Al llegar la mercadería ingresaba desde los montacargas ubicados en el acceso de lo que hoy es Hipólito Yrigoyen hacia los 2 subsuelos, de 1.500 m2 cada uno. Barolo utilizaba los ascensores ocultos para desplazarse de sus oficinas en planta baja, 1° y 2° piso, hasta los subsuelos evitando el contacto con sus inquilinos, que ocupaban las dependencias a partir del tercer piso.

Desde un inicio el Palacio provocó cierta perplejidad, se habló de estilo “remordimiento italiano”, gótico romántico, castillo de arena, o cuasi gótico veneciano. La construcción finalizó en 1923 siendo bendecida el 7 de junio por el nuncio apostólico Monseñor Giovanni Beda Cardinali, obsequiándole a la ciudad un espectáculo arquitectónico escandaloso y lleno de esplendor.

Ahora hay dos gringos que no se deciden a entrar. Uno quiere convencer al otro, y encuentra el mejor dato: “Someone told me that the building has strange inscriptions in latin”, dice. Y el otro no duda, entran.

No se equivocan, abrirán las puertas al corazón que late en la Divina Comedia. Sabrán, adentro, que entraron al infierno, pero podrán purgar sus pecados, y ascender al mismísimo cielo: la planta del edificio está construida en base a la sección áurea y al número de oro. La división general del palacio y de la Divina Comedia es en tres partes: infierno, purgatorio y cielo. Las nueve bóvedas de acceso representan los nueve pasos de iniciación y las nueve jerarquías infernales; el faro representaba los nueve coros angelicales. Sobre el faro está la constelación de la Cruz del Sur que se ve alineada con el eje del Barolo en los primeros días de junio a las 19:45 horas. La altura del edificio es de 100 metros y 100 son los cantos de la obra de Dante; tiene 22 pisos tantos como estrofas los versos de la Divina Comedia.

Toda la distribución del edificio está basada en la métrica de la obra. En arquitectura esto se conoce como un Danteun. El edificio se divide en dos bloques, con 11 oficinas por bloque en cada uno de los niveles. El número restante, el 22, responde a la métrica utilizada por Dante en los 100 cantos. Entre las tres divisiones de la Divina Comedia, Infierno, Purgatorio y Paraíso, que sita Borges en su obra “Nueve ensayos dantescos”, se cumple la relación pitagórica que determina el número Pi (3,14); dicha relación se da en la división original del acceso mediante los ascensores. En el pasaje central, el palacio cuenta con 9 bóvedas de acceso que representan al infierno: para Dante, este no era un fin teológico, sino el punto de partida en las etapas de iniciación emprendidas para la llegada del paraíso. Las 9 bóvedas se dividen, desde el centro, de la siguiente manera: tres hacia la Avenida de Mayo, tres hacia Hipólito Yrigoyen, la bóveda central se extiende hacia la cúpula, y las que contienen las escaleras hacia los laterales. Cada una de las seis bóvedas transversales, así como las dos laterales, contienen inscripciones en latín, y se pueden distinguir catorce citas que pertenecen en total a nueve obras distintas, manteniendo así, el número que se repite a lo largo de la Divina Comedia. Algunas de ellas pertenecen a Virgilio, otras a escrituras bíblicas. “La letra mata, el espíritu vivifica”, y "Está fundada sobre piedra firme”, dan testimonio del sentido espiritual con el que fuera construido el edificio, determinando su carácter y función: un templo laico que promueve las artes liberales. Entre las bóvedas transversales sobre las columnas, se ubican cuatro lámparas sostenidas por cuatro cóndores y dos dragones, un macho y una hembra, que representan los principios alquímicos, el mercurio y el azufre, y sus atributos. La bóveda central se encuentra sobre un punto de bronce en la que se ubicaba, originalmente, una estatua de un cóndor con el cuerpo del Dante elevándolo al paraíso. Los pisos superiores y la cúpula simbolizan los siete niveles del purgatorio. La cúpula está inspirada en un templo Hindú dedicado al amor, y es el emblema de la realización de la unión del Dante con su amada Beatrice.

El cuidado en los detalles han sido una marca en este proyecto: desde las citas personales en latín sobre la obra del Dante en el edificio, hasta la apertura del mismo, llevada a cabo en la fecha del aniversario del poeta.

Al fin, cae la tarde en Buenos Aires. Un ocaso anaranjado recorta con soberbia las crines, las manos, los ojos enormes del Palacio. Un aroma fresco de tarde, de autos que se van, de tango que empieza a invadir las calles, me devuelve la mirada a la Avenida que nace allá, en el río. Es como volver de un viaje épico, como volver de un tiempo indescifrable. Me abrigo una sonrisa cómplice con los misterios que se esconden en ladrillos y escaleras, en ventanas y mosaicos, en faros y canceles. Le sonrío a Buenos Aires y a su historia, a los curiosos, y, por supuesto, al Dante.

* * *

"Las entrañas de La Divina Comedia" fue publicada por Culturamas.es desde la Redacción Buenos Aires. Se pueden consultar la Primera Parte y la Segunda Parte de la columna.

29/03/12

IV Certamen Nacional de Poesía y Cuento Breve de Ediciones Ruinas Circulares


Los siguientes textos han sido galardonados con "Mención General" en el IV Certamen Nacional de Poesía y Cuento Breve de Ediciones Ruinas Circulares.
El destacado jurado ha sido integrado por Liliana Díaz Mindurry, Graciela Bucci, Valeria Tentoni y Federico Novak.

Unos dedos
Hay unos dedos que crujen
silencio
que debieron deben debieran
decir
Unos dedos de omisión y felpa
de nunca en la llaga
Unos dedos que podrían
mostrar la flor
la raíz
una ventana
Que podrían la letra y la verdad
y sin embargo
cuentan
la pólvora que arde
la brújula descompuesta que gatilla
siempre al sur
el color del cuerpo
los jaques
las moscas que sobrevuelan al linyera
Cuándo es que lo dedos son veraces
cuándo es que veraz es miserable
cuándo es que miserables son los dedos
que cuentan hijos nacidos
Cuándo es que los hijos nacidos
han dejado de importar
Cuándo
cruje en verdad
la mirada que dice
podredumbre
pueblo flaco
puta enferma
inmigración
lo de amoral y de sacrílego y de peste
que tiene la mañana
el martes
o septiembre
Y cualquier día
cualquier hora
en que unos dedos
crucen unos labios
y llamen a silencio

* * *

Si, gracias
Sólo respondimos que sí, que gracias. El trato era tan cordial. Además, el hambre. Desde temprano no comíamos, pensando en la cena. Entonces, cuando la boca perfectamente maquillada de la recepcionista nos invitó a pasar, cada una, a mesas distintas, dijimos que sí, que gracias. Claro que llegamos juntas. Y también queríamos charlar, contarnos cosas, pero teníamos hambre.

Me dije mentalmente que la recepcionista debía ser una mujer verdaderamente intuitiva; me asignó una mesa al lado de la ventana, como a mí me gusta, y ubicó a Verónica en el centro del salón. Todo sin preguntar. Chau, Laura, me dijo Verónica. Nos vemos después del postre, respondí. Y enseguida imaginé un menú repleto de delicias. Así empezó todo.

Un hombre acercó mi silla a la mesa, mientras otro me colocaba un enorme babero. Un tercero trajo tostadas tibias, queso, jerez. En otra fuente, maníes y pasas de uva. A la izquierda, patés, aceitunas, tomates secos. Y después, apenas pensé en la sed, una niña con delantales trajo jarras heladas, copas enormes. Probé un poco de cada cosa, y me acordé de Verónica. Estiré el cuello, entorné los ojos para ver en la oscuridad, apenas vejada por las velas, y descubrí que no había nadie alrededor. La mesa más próxima estaba, por los menos, a unos treinta metros. No recordaba haber caminado tanto. Me urgió saber la hora, volví a pensar en Verónica, e instantáneamente parte de la oscuridad se volvió mozo. Un mozo amable que me dijo “es temprano, señorita, aquí tiene, pasta y mariscos; el vino, permítame su copa, fue añejado en roble, pruebe”. Respondí que sí, que gracias. Y entre bocado y bocado sólo pude articular dos reflexiones: primero, que el servicio era excelente, todos allí parecían leer mis pensamientos; y segundo, que el mozo nunca movió sus labios para hablar.

Me desperté avergonzada. Entre los platos distinguí los restos de un postre de chocolate y canela; al lado, frutas y caramelo. Venía, desde otro salón, olor a pan caliente. Era de día y llegó una morena con brazos fuertes. “Por aquí, señorita, el desayuno está casi listo”. Sentí las piernas entumecidas y al instante la morena ayudó a ponerme de pie. Como si el aroma fuera un trazo visible, me llevó hasta el pan recién horneado, el café. “Con leche, ¿verdad?” Y yo le dije que sí, que gracias. Antes del primer sorbo, intenté decirle que yo había venido con alguien, que por favor... Y me sonrió rápidamente. Tan rápido como introdujo en mi boca una masita de manteca. Pensé en mis muelas y en que debía dejar de pensar. Todo lo adivinaban.

La segunda noche me sentaron en el ala derecha. Yo era una boca, una lengua, una garganta. A lo sumo, un cuerpo adormilado. Esquivando los pensamientos adivinables llegué a una conclusión: no había, en realidad, motivos de queja. Todo era exquisito y oportuno. Ya no había nada que desear.

Luego de una semana aquí ya no necesito caminar. La morena o el mozo amable me trasladan a una u otra mesa en una silla convenientemente mullida, con ruedas. Un orificio en la sentadera me permite orinar y defecar sin esfuerzos. Me higienizan, aunque no se cómo ni cuándo. El respaldo, perfectamente reclinable, evita el entumecimiento por dormir sentada.

A veces, la niña de los delantales o la recepcionista -y su boca- me sonríen. Ya abandoné el hábito de pensar. A veces, sólo a veces, me angustia la idea de salir de aquí, porque he logrado olvidar todo, porque ahora sólo deseo aquello que me dan. A veces, también, dudo del orden cronológico de mi necesidad. A veces, me parece desear el alimento después de empezar a devorarlo. Igualmente, saciada el hambre, acaba la duda.

Ayer me encontré con Verónica, su silla también parece cómoda. Nos dejaron comer juntas. Hablamos poco. “La carne del mozo amable es ligeramente dulzona”, me comentó. En ese instante apareció la morena, traía sal. Y le dijimos que sí, que gracias.

Antes de irse, quitó el moño de la bandeja.

* * *
 
Mi especial agradecimiento a Laura Massolo y su inagotable generosidad.

08/03/12

Mujer


Poeta la hiedra
la horadación lerda firme
Poeta un ala
una magia cualquiera
Poeta mujer bruja
que puede
pelear el hambre de lengua y ganas
volver cuerpo el cuchillo hondo
florecer la música aprendida
Poeta virgen
magdalena
letra palabra canción
poeta 
panza terráquea
delicada húmeda perversión
poesía en carne lienzo o leche
poesía
es decir
mujer
infinitamente

* * *

13/02/12

Canción


Él es un ruido anaranjado
él llueve o constela
Tiene una boca de pan
que dice
unas manos de padre
que dicen
Él es un ruido que te crece
entre silencio y humanidad
Contame
contame que los murciélagos vuelan
en yunta
que hay ojos para dibujar
con lápiz
que hay un azul
que explota
Contame del sistema
infranqueable
invisible
inocultable
del sonido
de la soledad indolora de un parpadeo
del anaranjado rabioso
del brillo pez
de la leche y el idioma
Contame

* * *

A Luis Alberto Spinetta.

07/02/12

Llueve


Detona la luz
se esparce se hace trizas
todo es de brillantina
Detrás del vidrio
me pongo unos ojos que esponjan
cada grano fosforescente
Un universo diminuto titila
en todas los diminutos diámetros
en todas las diminutas criaturas que se escurren
Hay una suerte de plaga
de estallido de espejo
de guiños de animales nocturnos despiertos
Hay un todo sometido
sometido en ambos lados
una fascinación en la impotencia
en el nada poder hacer
nada porque la explosión es millonaria
fatua vanidosa irrefutable

Detrás del vidrio
también puedo parpadear
desinflar las esferas en una milésima de sombra
puedo parpadear y que todas las migas platinadas
lluevan

* * *

28/01/12

La jam


Todo debería ser ficcional.
Las cortinas de una navidad anciana,
los vasos de pobrísima circunferencia.
Hay un amarillo inexistente de paredes,
y la mugre que florece sin cursilerías, con verdadero orgullo
de mugre de siglos de mundos de música de manos que tocan.
Todo debería,
por lo menos,
ser falso, o montado, o proyectado con un ruido viejo.
El mozo gris,
la relatividad del espacio y su pequeñez,
las bebidas y sus fondos, parecidos a las bocas.
Todo.
Y sin embargo hay un brillo de nuez que mira un brillo de nuez que respira.
Amparo observa y la trompeta secretea,
las dos, en un cortejo.
Las dos son de nuez y brillan y ofrecen un ápice de verdad,
dan cuenta de.  
Insisto,
todo debería ser un óleo fresco, viscoso,
pero ellas se adueñan del Café Brown.
Hay una breve eternidad,
y Adrogué y el jazz
y la noche soberana, rebelde, licorosa, les pertenecen.
Suena Tenor Madness.

* * *

13/01/12

Desesperar

Desesperar está en el vértice de un taco embarrado
también en el gusto a uñas molidas
y en las secuelas de cualquier cosa.
Está en la borra violácea a plena luz
o en el escrúpulo inacabado
En la luna falsa de una noche falsa
en la que desespero
hay una falsedad modesta almidonada
Porque desesperar es falso
es impropio,
es mosca ultrajando fauno
Antes es la fábula, contingencia, querella
le sigue rabiar, llorar con babas
pero desesperar vegeta
asoma desde el negro inmediato

Es falsa imperfecta moderada asfixia
como el revés mismo

* * *

22/12/11

Palabras

No puede haber otra causa
es que las palabras se han vuelto apócrifas
tienen nombres falsos, de cotillón
o fiesta macabra
Se les ha subido la salinidad
saturan a grados insólitos
fríen
ulceran
No puede haber otra causa
porque las digo y todas se vuelven hormigas
o conejos muertos
o llaves rotas
o mugre
Debe ser eso
que las palabras se traducen
en el camino roto entre la lengua
y tu espejismo
que se les rompen las alas
que con su hilito de voz dicen mal
Será que no pueden ser dichas
porque otra lengua invisible
las tara, las perpetra contra una pared
y ahí se derriten, se secan
Casi les veo los soniditos
haciendo un hueco líquido
en un ángulo cualquiera de la casa
Si, será eso
que son putas blasfemas
que hay un cielo caníbal
que entran en un abrazo enfermo
y se engripan
tiemblan
dan fiebre
envilecen la voz

Será que esta lengua nos calumnia
que no significa

Y te veo los ojos de puñal que me miran los ojos de puñal
como un ruido

* * *

16/12/11

Desorden


La casa es un desastre
Andan quejas
por esquinas y bachas
Hay una herrumbre invisible
en las bocas, los trastos
Y yo que soy un harapo
o una fruta sin frío
una borla navideña en febrero
o un juguete claro al sol
un vaso opaco con rouge
o una canilla que gotea marrón
yo que soy el desastre mismo
que soy esta casa
me ahogo por tu carne inmóvil
por el aire que no te infla
por los no
por los pero
por los cuándo
Me ahogo y giro y me malhumoro
me alimento entre paréntesis
lustro mi orfandad

* * *

22/11/11

Naila o Ilana

Con la fusión terminó la suelta de palomas, el abrazo, el idioma mismo. Alina camina y vomita sonidos guturales porque la nieve le entra por los zapatos rotos y el frío duele como los moretones, como el sastre gris que huye, se achica, se escurre por el puente. Son guturales porque aún no se acostumbra a la lengua, al tintinar de la mandíbula por el viento obstinado del Danubio, a que le duela el cuerpo. Piensa que el sastre gris y ese otro cuerpo que le da vida al traje, son un anagrama de ella misma. Piensa que quizás es Naila o Ilana quien se los lleva; a los dos, el cuerpo y el sastre.

Camina con el Danubio a sus espaldas, ella también se escurre por el puente, en la dirección diametralmente opuesta. Siente una suerte de escarcha en las mejillas, sobre el pómulo morado. “Son sus lágrimas”, dice, e inmediatamente murmura “könnyek”. Temerosa de sus propias palabras, se lleva la mano a la boca, la aprieta como para que no se escapen, para que no diga esas cosas que ella no diría, que Alina no diría, aunque llegara al hotel y le contara a Luis María que se le antojó un diccionario Húngaro – Español, y que aprendió algunas palabras. Sabe que Alina aprendería piano, diario, té, puente. Zongora, napi, ön, híd. Alina no aprendería lágrimas y por eso está aterrada, porque se para en medio de la nieve, carraspea, se prepara para decir lágrimas, fuerte y claro, y dice könnyek. Cada vez más Naila o Ilana. Cada vez menos Alina.

Sigue presa del temor y de la nieve, camina, todavía tomándose la boca. Tiene la vista desesperada, el habla desesperada. Ahora es ella la que llora. Naila o Ilana. La nieve la coloniza, la invade. Mira al cielo que la escupe, un cielo gris recortado por copos que no dejan de caer, y dice, “basta de nieve, por favor”. Y como si las palabras se gastaran, se fagocitaran con el mero sonido; como si el frío y el Danubio y un Dios de cualquier nacionalidad la obligaran, Naila o Ilana murmura, es vejada por un eco en la garganta, por una traición del lenguaje, y dice: “elég hó, kerema”.

Ahora es ella la que llora, arrodillada en un frío inmisericorde, sabiendo que responderá en otra lengua a los golpes. Sabe que Alina, la falsa, la del traje gris, se excusará por no tocar el piano en la próxima reunión, amará a Luis María, que la sacará para siempre de Budapest, que le será sencillo acostumbrarse al calor de Buenos Aires, que dejará de escribir su diario, porque la otra, la lejana, a la vez que llora se desviste, se quita de a uno los harapos sucios. En cada movimiento descubre un moretón, una razón para lo que hace. Naila o Ilana es blanquísima. Se mira los muslos, ahorcados por la nieve, y piensa que es difícil discernir, entre las lágrimas, el límite entre la piel y los copos. La vista se le nubla, porque ahora es ella la que llora y la que ha decidido no volver. Los trapos que la cubrían parecen manchas sobre el suelo incoloro. Ya no habrá diario, porque ya no habrá golpes, ni zapatos rotos, ni un frío espectacular. Naila o Ilana es una figurita espantosa en un desierto blanco. No hay nadie, en medio de esta tormenta, que la cubra, que la guarezca. Es un animalejo que se acomoda en posición fetal y de a poco se borra del mapa. Siente el entumecimiento, los ojos que se le cierran, las manos que se le agarrotan. Parece que solo la mandíbula, en ese tintinar involuntario, resiste la momificación, la salvaguarda del cuerpo, el descanso. Pero los dientes de a poco cesan. Naila o Ilana no es más que un montón de hielo esponjoso. Si alguien cavara, sin embargo, encontraría un cuerpo azulado, unas lágrimas propias y ajenas.

A veinte lados de allí, y un poco más, Alina se despierta en una cama de hotel. A pesar del hogar que centellea, un escalofrío le recorre la espalda. En la penumbra, se ven sus labios decir “végül”. Y como si las palabras se gastaran, se fagocitaran con el mero sonido; como si el fuego y Budapest y un Dios de cualquier nacionalidad la obligaran, Alina murmura, es vejada por un eco en la garganta, por una traición del lenguaje, y dice: “por fin”.


* * *

Basado en "Lejana", de Julio Cortázar.

15/11/11

La Hora


Hay una hora en que se esponjan las luces,
detrás se esconde un hambre sin boca o brazos,
una falsedad inacabada.
Porque han dicho que el lenguaje es prófugo
y es mentira que acaso pueda crear.
Por ahí escribo, como si eso retuviera un borde,
apenas,
de lo dicho y por decir,
que el lenguaje es una ventana
y se come los colores que vomita el mundo que rota.
Si es que existen,
el lenguaje y el mundo,
y mis falanges urgidas de contar
que las luces se esponjan
y eso tiene un nombre
y me abre un abismo en cualquier sitio.
Todo huele a la falta, al despojo,
a lo que muere entre los dientes
del algún animal de aúlla,
a la soledad flagrante del hombre.
Algo ocurre en este instante de silencio.
Hoy, ahora, a la vez que las luces se esponjan
y la lengua me traiciona y no puedo gemir
la muerte que incubo en la garganta.


* * *

Náufraga


Un sonido. Un sonido lejano que se acerca. Lejano, intermitente y áspero, se aproxima veloz, indescifrable. No tiene identidad, ni dimensión, ni procedencia. Es un graznido. Y con la revelación, el gusto dulce del agua, que no quita la sed, pero ahoga. Volvió a quedarse dormida. Abre los ojos junto a la convulsión de los brazos, que abandonan el vuelo calmo sobre la superficie del agua, y se sumergen en un movimiento involuntario, como buscando asirse a cualquier cosa. Los ojos tan abiertos como permite la anatomía le muestran el ave, que sigue graznando como si quisiera mantenerla despierta. Ya no cuenta de a sesenta para tener noción del tiempo que lleva en el agua. Los retazos del bote se han alejado tanto que el verde le invade todos los horizontes. También ha dejado de gritar. Ahora solo llora con espasmos, de a ratos, cuando tiene accesos de conciencia y sabe con certeza que va a morir. Entre llanto y llanto, la quietud es violenta. La nada es irrefutable.

El chaleco la sume en una posición errática; tiene los brazos suspendidos hasta los codos, y la cabeza deprimida entre los hombros. El resto del cuerpo, ofrendado a esas fauces que parecen de alquitrán, poco a poco se adormece en el frío, se hace imperceptible, y liviano y ajeno.

A la orilla, quizás, llegue un hombre a nado rogando ayuda con un hilo de voz. Pero aquí, ella permanece presa de los círculos que se propagan en el rostro del agua, de la oración desesperada. Por momentos, cree sentir los dedos de los pies, cree moverlos, se concentra en ellos con la voluntad frágil, hasta que un pez se roba todos los sonidos, todos los hechos posibles en ese aturdimiento líquido. Salta desde la espesura con una simpleza indignante, con una libertad que la devuelve a un llanto de niño, con mocos y todo.

Siente el frío devorársela desde abajo. Y quizás hay un instante en que cree sentir las rodillas. Parecen dientes. Una cosquilla estúpida, como eléctrica, y después otra vez, nada. Allí, sola, agua, nada.

En la orilla, quizás, un hombre consiga un bote y desande el río en su auxilio. Pero aquí, ella se aliviana con el correr del tiempo. Ya olvidó sus piernas, y la vigilia es una lucha. El ave que la mantenía despierta ha volado, dejando un ruido de plumas. Desde su silencio la llora como un abandono más. Otro, además del de su cuerpo. Y ahora las cosquillas le arañan los glúteos, como hormigas laboriosas, o peor, como una picana húmeda; y le provoca un temblor odioso, que le hace apretar los dientes.

El sol se cae de un tumbo, y quizás, un hombre venga en camino cortando el río sin pausa. Pero acá, ella siente trece agujas en las manos. Siente una palidez que le baja desde el cielo. Con un esfuerzo, con un suspiro, mueve los dedos para espantar los peces. Encoje los brazos para tomarse el vientre que ha desaparecido. Si estuviera fuera del agua, su cuerpo no sería más que un cúmulo de viento. Aquí, es agua y peces, y un sueño que le gana, y un gusto a sangre que sube desde los dientes y las aletas. Aquí, llora por última vez tocándose el estómago, que es patinoso y de escamas, y le tiembla bajo las palmas, y nada en todas las direcciones, y come.

Aquí, llora por última vez escuchando el motor de un bote en el que, quizás, venga un hombre a rescatarla. Llora haciéndose peces y agua, y rendida al sueño. Y el motor se detiene a su lado y la toma de los cabellos, y levanta una cabeza, unos brazos muertos, un chaleco, y un montón de peces vivísimos, desesperados, que solo sueltan la carne cuando empiezan a ahogarse fuera del agua.

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Este cuento ha sido señalado con Mención General en el III Certamen Literario de Ediciones Ruinas Circulares, cuyo jurado estuvo integrado por Liliana Díaz Mindurry, Patricia Bence Castilla, Humberto Guido Meoli y Carlos Rizzuti. Integra la III Antología sobre Cuento y Poesía de la misma Editorial.


26/08/11

Manual de Procedimientos para escribir un verdadero Cuento Policial


1) Proponga un escenario inverosímil:

Para que un cuento policial se precie de tal, deberá situar un hecho absolutamente deleznable en un escenario admirable, pero cuidadosamente falso. Es decir, plantee asesinatos en familias felices, infidelidades en parejas sonrientes y vicios en hombres probos, religiosos y pulcros. Ponga especial énfasis en situar el pecado en un ámbito social blanco hasta el hartazgo, donde cualquier atisbo de conflicto humano se traduzca en una mancha escarlata.

2) Sobreestime la legalidad, sea absolutamente conservador:

Enfoque todo su discurso en la bondad del protagonista, es decir, en la irreprochable estima del solucionador infalible del hecho. Dótelo de toda la razonabilidad que habita en el mundo literario. Conviértalo en un investigador privado con todo y lupa, en un hombre incorruptible, tibio, puritano e inflexible. Es decir, quítele la humanidad.

3) Instale un antagonismo obvio:

Construya la atrocidad del hecho sobre la imprevisibilidad del conflicto. Insista en la idea de que un hecho de estas características irrumpe en una sociedad cuasi profiláctica. Escandalice a los personajes, provéalos de un temor desmedido y una desolación inexplicables. Paralelamente, ponga la paz del pueblo en manos del sujeto descripto en el punto Nº 2.

4) Utilice un horror lánguido:

Describa escenas criminales con fineza y estreñimiento. Escatime el uso de la sangre y la mención de órganos dañados por prácticas homicidas. Proceda a montar circunstancias impolutas. Tropiece con fallecidos lozanos, limpios y que conserven todas sus extremidades.

5) Confunda al lector con el uso de los personajes:

Este punto implica diversos apéndices:
a) Cree personajes innecesarios y a todos atribúyales un grado de sospecha.
b) Ponga especial cuidado en que los personajes carezcan de perfiles actitudinales.
c) Llame a todos los personajes por su apellido, y en lo posible, que todos sean ingleses.
d) Tenga la precaución de que todos los personajes sean perfectamente olvidables.

6) Utilice métodos loables y herramientas legales:

Desapasione la investigación y, obviamente, al investigador. Elabore procedimientos estructurados, estancos, metódicos, que hagan del desenlace un derrotero de lógica. Prescinda indefectiblemente de métodos extorsivos, engaños, allanamientos sin orden judicial, persecuciones y destrozos. Provea al investigador de templanza meridiana e inteligencia matemática. Trate gentilmente a los sospechosos, evite los prejuicios y los malos pensamientos.

7) Resuelva con espectacularidad falaz:

Encuentre la resolución del hecho en el hallazgo de elementos absolutamente extratextuales. Es decir, siembre pruebas tomadas en circunstancias no relatadas, y tenga especial cuidado en que sean irrefutables. Con este elemento, solo deberá demorar el análisis de las mismas para el momento en que deba entregar ineludiblemente el desenlace. Tenga la precaución de formular pruebas reveladoras que posean la especificidad, develamiento y atribución suficientes.

8) Detenga al malhechor con apatía:

Una vez encontrada la prueba irrefutable, mediante un procedimiento prolijo, porsupuesto, y atendiendo a una pulcritud escénica innegociable, proceda a encarcelar al delincuente sin esfuerzos innecesarios del investigador. Formule un final donde el paladín de la justicia toque el timbre de su morada, lance una frase grandilocuente, espose al malhechor sin resistencia, y tenga oportunidad de relatar ordenadamente, y a una audiencia inexistente, todos los hechos que lo han llevado hasta allí. Aquí, en el final, permítase por única vez un exabrupto de liviano tenor. Sólo a modo de ejemplo podemos citar algo como “villano, te pudrirás en la cárcel”, o “maldito, dejarás libre a este pueblo”.

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El presente Manual de Procedimientos se adjunta al
Kit de Producción de Cuentos Policiales®.
Se encuentra prohibida su venta por separado.

El Kit de Producción de Cuentos Policiales® incluye los siguientes productos:
1 block de hojas romaní
1 pluma Parker
3 cartuchos de tinta azul lavable
1 goma lápiz – tinta
1 lupa de 10cm de diámetro
1 pocillo de cerámica color beige para café negro

Garantía: 1 año, sólo por defectos de fábrica. No por mal uso.

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Basado en "Los laberintos policiales y Chesterton" de Jorge Luis Borges.

16/08/11

A pelo


Etel siempre iba en la Lucy. Yo iba con Jeremías en la Estela, que iba adelante y abría el yuyal, además se paraba en seco si aparecía una víbora. Yo iba con Jeremías porque era la más chica, además Etel siempre quería ir sola. Yo ya sabía montar bien, pero igual cerraba el pico cuando papá me decía “usté vaya con su hermano mayor”. Siempre se le hacía caso a papá, pero después que mamá murió los tres andábamos más calladitos, menos rezongones. Etel limpiaba y cocinaba y Jeremías ayudaba en el tambo, pero los guardapolvos los lavaba y planchaba Madrina, porque a la escuela se va como la gente, decía papá. Madrina vivía en la parte de atrás de la casa con Lisandro, que tenía un año más que yo. Ella había quedado viuda porque mi tío Luis se cayó del caballo y ahí no más estiró la pata.

Lisandro no iba a la escuela, Madrina decía que era al cuete. Pero Etel y yo todas las mañanas íbamos a caballo, ella en la Lucy, yo en la Estela. Jeremías me dejaba a la mañana y a la tarde me iba a buscar Lisandro.

Me gustaba volver con Lisandro. Me peleaba, pero era chistoso. Me decía, ¿y?, ¿cuántas ganzadas aprendiste hoy? Yo le decía que siga riéndose no más, que yo iba a ser más inteligente que él toda la vida. Y él me contestaba, qué me importa, yo tengo pito, tonta. Y se agarraba entre las piernas. Yo me reía y sabía que me ponía roja. Lo empujaba, me le subía encima para tirarle del pelo y siempre se me zafaba; era rápido como una saeta.

Después de dejarme en la casa, Lisandro dejaba el apero en el establo y montaba a pelo hasta el tambo. Yo lo miraba irse, y me dolía la panza.

Cuando pasó la inundación Etel se enfermó y se perdieron animales. Un par de días falté a la escuela porque Jeremías y Lisandro ayudaban a papá desde las cinco y yo tenía que cocinar. Cuando Etel se mejoró papá dijo que tenía que volver, así que al otro día fui sola. Elegí a la Lucy. Le agarré de la muserola y la acaricié entre los ojos. La Lucy masticaba el filete y movía la lengua. Nunca le había mirado la lengua de cerca. Pensé que se parece mucho a la mía. A la de Lisandro cuando me burla y se agarra ahí. También pensé que se parece a la carnecita de lo mío ahí abajo. Y cuando pensé, sentí la carnecita, apreté las piernas, me puse roja, lo sentí. Miré para todos lados porque acordarme me dio vergüenza. Pero seguía sola con la Lucy, que masticaba el filete.

Le ajusté la carrillera y la cincha. Clavé el pie en el estribo y me senté de un golpe en la montura. Sentí que se me hacían blandas las piernas, que el faldón, abajo del asiento, estaba caliente. Como cuando espero el guardapolvo que plancha Madrina y me lo acerco a la cara y está caliente y suavecito. La boca se me llenó de saliva así que le hinqué los talones a la Lucy para que arranque, para que se me vaya el calor y la saliva y la vergüenza; y la cara de Lisandro que me saca la lengua, y la mano entre las patas y el yo tengo pito, tonta.

Hasta salir del campo, la llevé a galope y el calor no se me iba de la panza. Pasamos el cerco y le di al trote. El viento me daba helado en los cachetes y yo abajo tenía un incendio entre la Lucy y la camiseta. Los golpes que hace el corazón en el pecho, yo los tenía en la frente, en el garguero, en los dedos. Y ya creía que me iba a hacer pis arriba de la Lucy, y tenía el cuerpo como duro esperando lo que me pasaba en la montura, y apretaba tanto las riendas que la Lucy empezó a bajar el trote. Cada vez más despacio. Hasta que frenó. Y ahí fue más malo que antes y hasta me acordé de los cuentos de muertos y poseídos de tía Vera.

Estaba como apurada, como tonta, pero me bajé de la Lucy y en un zas de rápido aflojé los latiguillos y vi caer la montura entre los yuyos. Me agarré de las crines, me subí al lomo de la Lucy, le abracé el cuello con la cara apretada entre los pelos. Tenía el mismo olor salado que Lisandro. Le di en las ancas, fuerte. Tenía los ojos cerrados como cuando ves negro del todo. La Lucy trotaba y yo no sentía el viento, ni el cuerpo, ni la vergüenza.

No fui a la escuela, por ahí me quedé. Cuando volví, Lisandro me dijo, ¿y?, ¿cuántas ganzadas aprendiste hoy? Yo le dije, una sola; que montar a pelo es como volar.

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04/08/11

El Plan


Enseguida supe que Manuel había pensado lo mismo que yo. No hizo falta mencionar nada. Apenas le conté que había conocido a Mónica y Darío le vi el entusiasmo. Son muy jóvenes, le dije. Ella no tiene más de 18. Yo me frotaba las manos, recuerdo que no podía dejar de frotarme las manos inquietas. Me tapaba la boca. Y Manuel me preguntaba, ¿estás segura? Y yo me imaginaba una liberación viscosa recorriéndole los sesos. Un basta de consultas y tratamientos y sexo acordado. Y después unos minutos de silencio. Y por fin se rompe y Manuel me dice: hacete amiga, Matilde.

Hacerme amiga y convencerla. Y si no lograba convencerla, quitárselo. Ese era el plan. El mismo que había imaginado Manuel, ni bien le conté. Me di cuenta que no nos importaron los detalles. Yo no pregunté si era un varón o una nena, qué tiempo tenía, si era saludable. Es que a esa altura no importaba. No miento cuando digo que todo lo hemos probado. Recuerdo las épocas esotéricas, las científicas, las de puro escepticismo, las de optimismo inexplicable. Recuerdo las velas, la macumba y los tés de yuyo. Las poses favorables, los días doce, trece, catorce. Hacerme amiga.

¿Cómo me dijiste que se llama el bebé? Se llamaba Sebastián. Pensé que podíamos cambiarle el nombre cuando fuera nuestro. Y tenía cuatro meses. Nos hacíamos amigas. Mónica me contaba de su soledad antes de Darío, antes de Sebastián. Nunca había conocido a su papá y desde hace años no tenía noticias de su madre. Estamos solos, los tres, me decía. Y a veces no se qué hacer con el bebé. No soporto el llanto, la mierda todo el tiempo. Vos tenés pinta de madraza, ¿por qué no tenés chicos? Porque vos tenés mi bebé, pedazo de ignorante, malsana, pensé. Y le contesté: Moni, es que nunca pude quedar embarazada. Tratamos con todo, pero bueno, el destino así lo querrá. Y la ignorante malsana, en lugar de callarse, dice: pero mirá que cosa loca, ¿no?, vos que querés, y yo no, y yo quisiera una mamá y vos un chico, que loco. Y yo le respondo: paradoja, se llama; eso, paradoja.

Una mañana le dije a Manuel que estaba cansada de tomar cafecitos con esos dos que tenían a nuestro hijo. Que ya no soportaba no poder ver a Franquito. Que esa yegua se la pasaba contándome sus penas, su puta madre abandónica, su padre ausente. Que cada vez que llamaba Sebastián a mi hijo me daba náuseas. Que siempre tenía una excusa; o que lo dejó en la guardería o que estaba con el inútil del padre. Pero por Dios, vos sos el padre, Manuel. Y le dije que basta. Que llegó el día.

Nos invitaron a cenar, porque ustedes siempre son tan divinos con nosotros, dijeron. No traigan nada. Vengan esta noche, así conocen a Seba.

Yo solo conocía su casa por fuera, de dejarla en la puerta después de nuestros encuentros. Siempre me pareció una pocilga, pero entrar fue repulsivo. La puerta de entrada lanzó un chillido de perro enfermo, de animal lacerado. Ella se había maquillado tristemente para la ocasión. Quizás el celeste rabioso de los parpados, las uñas de un rosa chicle que invadía las cutículas; quizás el pelito cortajeado, raya al medio, en dos colitas, le dio un aire infantil pecaminoso, ultrajado, de muñeca rota o escrita con fibra azul, de pendeja que vio a unos tíos gordos coger por el ojo de la cerradura, de guantes con los dedos rotos en las puntas, de medias rotas en las rodillas, de saco roto en los codos.

Mónica nos sentó a una mesa con mantel de hule, y yo sentía que a cada paso me ensuciaba, se me percudía la falda negra, se me hacía carne el olor a grasa. Mónica tenía la misma expresión que las flores de plástico sobre la repisa. Mónica trajo una soda en envase de vidrio, una picada en platos descartables, un jugo anaranjado para diluir. Mónica cortó el pan en rodajas, lo colocó en abanico dentro de una panera con servilleta de papel, lo puso en la mesa y me dijo: comé, mamá. No respondí a su provocación. Le pregunté por Darío. Ya viene, fue con Seba a comprar el vino. Con Franquito, le dije. No respondió a mi provocación. Manuel, mientras tanto, miraba todo con ojos de vaca.

Entró Darío y traía a Franquito en brazos. Estaba demasiado envuelto para verlo desde la mesa con mantel de hule. Me levanté apenas para ir hacia mi hijo y Darío me hizo un gesto con la palma abierta, para que espere. Con señas me dio a entender que estaba dormido y se escabulló por un pasillo sucio. Volvió con las manos vacías. Ahí noté que estaba peinado con rigurosa raya al costado. Tenía unas bermudas con tiradores como de instituto de pupilos. Un dejo de rector que hace rezar arrodillado sobre trigo, cara de bofetada en un domingo por interrumpir una charla de mayores, de primeras erecciones infantiles.

Para ese entonces, yo sentía una rata caminándome los intestinos, los riñones, los pulmones. Terminemos con esto, les dije. Quiero a mi hijo, ahora. Y en ese instante Darío se me agolpa en el pecho, me abraza, me envuelve como hace minutos envolvía a mi hijo. Y me dice: mamá, que linda que estás. Después me suelta, y pasa a colgarse del cuello de Manuel y le cuenta cuánto lo quiere y le dice papá. Y se suma Mónica, que con una mano en el hombro me sienta nuevamente, y sube a mis rodillas, me rodea el cuerpo, las uñas rosa sobre mi camisa blanca. Me muestra una muñeca que guardaba en el bolsillo del delantal, la peina con las manos. Manuel está con los brazos abiertos, mirando un abrazo que no responde. Y hay olor a sopa con lamparones de aceite, y hasta parece sonar una música vieja, de niños viejos, de disco rayado.

Como pude, me liberé de las manos de Mónica y corrí por el pasillo sucio, en busca de Franquito. La escasez de luz me hacía tropezar con un sinfín de juguetes, regados por el piso. La primera puerta era la del baño. En la segunda, al abrir, podía verse una cuna con tules desde el techo; la habitación estaba plagada de muñecos y había una reunión de cucarachas en una esquina. Agarré a mi hijo y al verlo inmóvil, con los ojos abiertos, la cabeza fría, no pude contener el llanto. Volví a la cocina cargándolo. ¿Qué hicieron con mi hijo?, les grité, y tiré contra el suelo el cuerpo inerte. Al caer, el bebote de porcelana se quebró en mil pedazos. Los holanes, las puntillas, el terciopelo azul de desinflaron sobre los trozos de bebé. Pude ver entre las lágrimas que Darío sacaba una escopeta, que nos apuntaba. Nos ordenó calma, nos invitó a sentarnos a la mesa, a cenar, como lo habíamos programado. Esto sí es una familia, dijo. Yo, minutos después, más repuesta, les dije: está bien, como quieran. Pero de ahora en más son hermanos. Vos te llamás Franquito. Y Manuel le dijo a Mónica: y vos te llamás Matilde, como tu madre.

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19/06/11

Las noches de Diego Patricio Rodríguez


El sol es un botón ridículo. Y cuando cae, el páramo es todo peligro. Él lo sabe, todas las criaturas lo saben. El éxodo es hacia las cuevas, en busca de cualquier cosa para avivar el fuego. Todos caminan, reptan, trepan, casi tan oscuros y agazapados como las sombras que paren, que proyectan, que los iguala. El andar es un poco triste, todos arrastran una vejez, sin importar las edades, las espaldas.

El sol es un botón que se apaga. Recoge para sí todo el calor, toda la luz que ha brindado; y todos se guarecen. Él camina detrás del niño. Va detrás en plan de vigía, de corrector del sendero, de apurador. Es la hora. A los gusanos gigantes se les encienden los ojos. Son gigantes de verdad, le relata al niño. Dentro de su cuerpo larguísimo cabemos cientos de hombres parados. Por suerte el gusano no se aparta de su camino. Va y vuelve por la senda marcada en la tierra. Nunca hay que cruzar por la senda, dice y camina y busca en todas las direcciones el mejor lugar para pasar la noche.

Más allá unos monos azules vigilan las ramas que hay que cruzar. Allá están las mejores cuevas, las que están más reparadas del frío, las estrellas, las cucarachas. Hay que esperar que los monos azules se vayan. Los señala con los ojos, y con el mentón le muestra dónde será la espera. Sobre las piedras apoyan la vejez primero, la espalda después. Y él le cuenta al niño, le dice vivaz de los peligros de la noche en la selva, de la ley del más fuerte. Le muestra a los otros, que, como ellos, esperan la partida de los monos azules, que en la oscuridad se subliman en un bosquejo gris. Y apunta a los otros, que caminan como si ellos no ocuparan ningún sitio. Tienen el mismo tamaño, pero parecen enormes. Le apunta unas aves peligrosísimas que se han apartado de la bandada para devorar restos de comida que otras criaturas han dejado caer; y unos lobos aterradores que no temen dormir junto a los gusanos gigantes.

El sol es un botón ausente. Las ramas están liberadas. Y ya comienza un relato vivo, de aventura. Caminan rápido, y a la vez, vos no tenés que tener miedo. Cruzan las ramas, dale, apurate que se acercan los lobos. Y el niño casi oye los aullidos, se imagina los dientes, el golpe seco de los dientes, lo que se destruye con un golpe seco de los dientes. Y corre, y vamos papá, ya llegamos. Y llegan. Llegan a la cueva. Tiran harapos en un rincón del otro lado del recinto central. Desde allí se ven las luces de otras bestias, afuera, más ruidosas. Y como todas las noches, él le dice antes de dormir, que no tenga miedo, que recuerde su nombre, que no haga pucheros. Y lo tapa, y a modo de examen diario se escucha: vamos, ¿cómo te llamás? Diego Patricio Rodríguez. (Diego Patricio Rodríguez se limpia los mocos con el puño) Diego, por Maradona. Patricio, por los Redondos. Rodríguez sos vos. ¿Cuántos años tenés? (Diego Patricio Rodríguez levanta cuatro dedos sucios) Cuatro. ¿Qué vas a ser cuando seas grande? (Diego Patricio Rodríguez se rasca, posiblemente los piojos) Médico, abogado o jugador de fútbol. ¿Qué hay que saber de la selva? (Diego Patricio Rodríguez demora en contestar, quizás sea la respuesta que siempre olvida) Que hay peligro. ¿Y qué es lo más importante? (Diego Patricio Rodríguez se refriega los ojos) No tener miedo.

Ya dormido, le acaricia la frente en el primer y último gesto blando del día. Ya dormido, los gusanos parecen trenes, los monos parecen policías, las aves de rapiña son sólo palomas, los lobos son perros flacos, y las cucarachas son cucarachas. Mira. Mira y soporta una traición en el pecho. Mira y las fosas se le abren. Al cosmos, a los caminantes que caminan y hacen caminos sobre sus trapos. Mira y ve el cartel, lejos. Diego Patricio Rodríguez no sabe leer, pero dice Constitución.
* * *

27/05/11

La Muerte de las Gotas


Una gota cae, insalvable. Tan alto es su abismo que los ojos mortales no ven su origen. Cae irremediable. Y la muerte la hermana a otro millón de gotas, tan muertas e irremediables como ella, en destino, en caída y en desconsuelo. Ni un segundo deja de caer. Llueve.

Llueve y nada se revela. Todo llueve en una armonía bucólica. Los objetos y los seres, como corresponde, llueven. Sin queja, con aplomo y verdadero compromiso de lluvia, como adueñándose de unos brazos abiertos, llueven y se dejan llover, porque el mundo así funciona.

En busca de su muerte van, como todo aquí. Como vos. Con el método abreviado del amor (que ama sin más ni más) hallan su lecho. Una en la estatua, perpetrará el musgo. Se hará abrigo en el yeso y aire de dejadez. Vejará el blanco solemne y ahuyentará las manos delicadas.

El agua y los malvones, quietos por igual, encarcelados por igual, yacen inmersos en sus verdugos. Amurallados, aguardan dentro de la fuente y de la maceta la lluvia que les toca. Las gotas, sin efusión, allí morirán rápidamente. Pronto habrá una dispersión unánime. La uniformidad será voraz e incurable.

Llueve sobre mí y sobre el bote escondido adrede, para que no escapes. Sobre los juncos, que me son cómplices, y sobre el rencor lento y húmedo que me recorre todo el cuerpo. Sobre la fotografía deshecha en mi manos, sobre tu rostro, regado en los fragmentos. Llueve también en la distancia que me separa del techo que te guarece, en el muelle atorado de agua. Y cada paso será un espasmo, una muerte propia y ajena, mía y de las gotas. Yo hacia la verdad, ellas hacia el cauce, moriremos presas de la misma fatalidad.

Allí, en el único lugar donde no llueve, un hombre penetra tu cuerpo y pare un río. Te corroe como la lluvia a las tinajas, te crece adentro como un miedo o una fe. Te profana con permiso y sin pudor. Adentro tus gemidos, y afuera la lluvia ensordecen mis pasos y mi furia. Igualados en el destino, las gotas y yo, nos escurriremos hasta esa habitación donde no llueve, y haremos justicia. Yo te mataré y las gotas mojarán la alfombra.


* * *


Galardonado con el 2º Premio en Narrativa en el VII Concurso Bonaventuriano convocado por la Universidad de San Buenaventura, Seccional Cali, Colombia. La convocatoria ha contado con la colaboración de la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escnénica (CIINOE).

17/05/11

Unos dedos


Hay unos dedos que crujen
silencio,
que debieron, deben, debieran
decir.
Unos dedos de omisión y felpa
de crujir de lerdos,
unos dedos de nunca en la llaga.
Unos que podrían hacer
audible el gatillo
de mostrar la flor, la raíz,
una ventana por la que se ve.
Que podrían la letra y la verdad,
y sin embargo.
Sin embargo la pólvora que arde
cuentan los dedos de felpa,
la brújula descompuesta, que vomita siempre al sur.
Cuentan el color del cuerpo,
los jaques.
Las moscas que sobrevuelan
al linyera, esas cuentan.
Cuándo es que lo dedos son veraces,
cuándo es que veraz es miserable,
cuándo es que miserables son los dedos
que cuentan hijos nacidos.
Cuándo es que los hijos nacidos
han dejado de importar.
Cuándo.
Cruje en verdad
la mirada que dice podredumbre,
pueblo flaco,
puta enferma,
inmigración.
Cruje contar
lo de amoral y sacrílego y peste
que tiene la mañana,
el martes
o Septiembre.
Y cualquier día y cualquier hora
en que unos dedos
crucen unos labios
y llamen a silencio.

* * *