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6/2/11

El Perdón


Todo profanado. El fuego y la plaga laten en un llanto viscoso porque ningún poder sacrosanto se apiadó de nuestras faltas. De mi silencio grasiento, de la música opaca; de los bordes de tu cuerpo, lleno de atajos, y olvidado de las fórmulas y los colores. Casi todo sabe a la misma ceniza que se guarece bajo mis uñas y enturbia tu rostro y el mío. El tuyo y el mío, sí. La rutina es un viaje falaz, lejos del rumbo elegido. Me lo dijiste en una bocanada, un minuto antes del sexo, y cerraste tan fuerte los ojos, que me creció por dentro un abismo y un pajarraco burlón, que grazna en el idioma del despojo, de la ciencia y del delito.
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17/1/11

Hambre


Caracolas negras por tripas. Esos moluscos negros, que no me atrevo a llamar gusanos, me comen y llegan a la boca; engullen pan y palabras. Me completan de seres muertos destrozados por mí, por mis dientes inescrupulosos y voraces. Por cada verso un bocado, y es una caída sin orillas ni abismo; un displacer redondo, una motricidad que me compele a la inconciencia. Soy un rostro que no me quepa en las manos para llorar con un quejido apenas. Un cuerpo que no me quepa en el cuerpo, que crece de un silencio mudo y sólido. Sordo y afiebrado. Todos los diablos del estómago me patean cuando muero un poco, boca abajo; cuando quiero salir de mi, y empequeñecerme y decir, y que mi voz suene y arda y cante.


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3/1/11

Digesto


Llueve dentro mío una canción en la que llueve. Arrumbada en tu costado, blanquísima. En el ángulo blanco, donde me pierdo blanca y gota de lluvia y canción. El cuerpo es la excusa para la postración del sonido. Nada solemne saldrá de mí. Nada importante, narrable o verdadero. La canción que se llueve de a poquito, el blanco mío y nuestro, el ángulo del silencio, que miro y desmigajo. Que se pudran, si. Una y todas, las letras, las diéresis. Que hagan carrera si duermo o vomito. Que forniquen los vasos en puja y sentencia. El tiempo vuelto hacia los dientes se me derrite en la lengua. Incuba la muerte indecible, el ruido indecible. La muerte y el ruido que decís, vivísimo, con los labios inescrutables. Lo que decís de opaco y fuego, que trago y hago entrañas.


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6/7/10

La Gula


Al sur, ella se levanta tarde, se encarga de los críos y de ser plena. Acopia triunfos y derrotas y se permite llorar callo una vez al mes. Adora su cuerpo con sus manos y con las de su marido, que le es devoto con la voz y el pensamiento. Corre Julio y ya aprendió a vivir simplemente, añorando los placeres tormentosos solo cuando llueve y hace frío. Cuando recuerda, rinde un tributo solemne: muerde suave el labio inferior, mira la nada a la izquierda e inhala el vacío para llenar el pecho.

Al norte, él trabaja sin método con papeles que importan más de lo que debieran. Dice no lamentar morir sin descendencia y riega su ser por un sinfín de cuartos porque la soledad pesa tanto como las canas prontas. Corre Julio y recuerda que una vez vibró. Para olvidar, rinde un tributo solemne: duerme acompañado, enmudece las palabras y se guarece en una urbe sorda.

Al centro, se abrazan. Se tocan los rostros comprobando que el tiempo corre pero por allí no pasa. No se lamentan, solo se miran los ombligos sabiéndose el eje de un mundo que aguardó intacto. Saben a café y a caramelo y corre Agosto, pero varios años atrás. Con risa y con sexo se dicen versos perennes, se mienten hermosamente y se aman todos los minutos que las paredes simples pueden cuerpear sus egos. Gigantes y golosos, sus egos. Saben que el adiós siempre engaña y que el placer es un vicio circular.
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18/6/10

Con dos T


En una ciudadela, al sur del sur, las viejas sabias contaban que la magia se evidenciaba en el tamaño de los pies. Cosa rarísima era encontrar una niña con el pie derecho dos centímetros más grande que el izquierdo, y ese día de Agosto, con su nacimiento, todos festejaron con bombo legüero.

Agosto en Argentina tiene ese dejar la fresca y abrazar las primeros acordes tibios del año. Bien podría haberse llamado María, pero su madre, que tenía un nombre que invitaba a la luz, la llamó Carolina. Y al nombrarla conjuró el pueblo. Y dicen los memoriosos que un viento vejó todo refugio y bajo los trastos caídos con el vendaval todos encontraron flores maduras y mariposas prestas a volar. Así el orden que siguió al caos devino en una orgía de alas y aromas.

Largo rato nos llevó a los mortales saber cuál era su magia, porque era esquiva al ojo medio. Tenía una sutileza pícara, de limón. Podía por ejemplo, ensortijar tanto sus cabellos que uno se posara al abismo de esas cosas que no tienen explicación. También podía hacer confituras benditas con solo usar leche y harina, coser botones con largas filas de alpiste y pintar lienzos con un puñado de granos de arroz.

Carolina hace magia con sus senos pequeños, con sus pelos negros y con su voz. Se sienta a la mesa y la llena, y no hay prenda que no sea única sobre sus carnes. Igual fortuna toca a los versos que lee en susurros y a su cocina que hierve de especias, frutas y licores.

Cuando llora se destiñe y cuando ríe canta. Niños, ancianos y monjitas se han rendido a su media sonrisa. Todos robamos por ella, y nunca pedimos perdón. Y escondemos bajo la almohada dos chapitas viejas, jirones de tela y granitos de sal para envolver todo en celofán, ponerlo en sus manos y verlo todo convertido en gorrión con solo un por favor salido de sus labios.

Carolina hace una magia menuda, labra hechizos de poca monta. Pone un suspiro donde el pecho aprieta, azúcar en el té, o calor en el vientre. Se ríe en los funerales, llora un alma encarcelada, vela por dos pendencieros, amasa pan y es un poco madre de todos los críos sin madre. ¿Cómo decirlo? Carolina nos hace libres, y nosotros le bailamos en ronda.
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21/5/10

La Milonga


Es pagana. Es una canción desesperada. Y desespera primero por el silencio, y por el aplauso después. El pudor la escuda a medias, y sin embargo, se le anima a la luz escueta y espía. La luz no es más que un par de ojos incansables sin pestañas, uno rojo y el otro vainilla, que a todos nos iguala, nos obliga a devenir en oscuras criaturas, fugaces, e indefensas al fulgor. Nos iguala y nos multiplica, nos acuesta en el suelo que recoge los pasos, sin preguntarnos si quiera, y nos hermosea a todos por el precio de dos.
En cada mesa se debaten hermosas guerras, la del sexo y la voz, la del secreto. Y yo palpito, con las manos, con los ojos palpito, con el corazón apenas, que se me sube a la boca y me embriaga de rincones, de ciudad, de labios, de canción. Con la piel toda miro, me maravillo, me admiro, me canto un consuelo espeso, me enamoro de tres rostros, de un color.
Los relojes se han extinto, los cuerpos magros dan lucha al tiempo y apostaron su alma en ello. La escalera invita al pecado, te advierte la anarquía de las lenguas, y cobija un perchero para dejar la moral en la entrada. Allí solita se aburre, espera el regreso de los cuerpos asqueados de sombra y placer, de compases. Y los techos llegan al cielo, altísimos, dan lugar a las almas solas que crecen, se agigantan, con impertinencia y complicidad, con la impunidad de las palabras murmuradas y las caricias prohibidas. Crecen con la belleza de la amnesia matutina, con el perdón eterno del vino derramado, con la mano que ase la cintura y rige el ton al son.
Toco tu piel mortecina, un poco desmentida bajo una luciérnaga infiel, y corro al borde del sopor. Me arrojo al fieltro donde se juegan las vergüenzas y se pierde el coto, porque hoy la noche es mía y toco tu piel mortecina sin seda ni sol. Bajo mis palmas es una promesa de omisión fecunda, de lenguaje cruel para el que ignora, de lujuria entre las copas sin dueño, de pequeña muerte al amanecer. En la milonga nadie duerme, todos sueñan, nadie se va solo, todos son amantes sin red.


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13/4/10

Las Fiestas


La verba en tres mora en Burzaco. Tiene un póster del Che, un wincofon disfrazado de mesa y más palabras que espacio. La ventana es mal soldado de nuestra saña, deja escapar las voces, y a veces otea los rincones en busca del cuarto sonar, perdido.
Los tres se aman, porque se parecen, y así se aman a si mismos. Así es con ellas, a paso vivo, así es con él en la espera.
Todo es para los cuerpos; los tres, como tres perros; como magnolias, si hubiera tres, engalanan los espacios. Se merecen, bailan, tienen nombres hermosos que no se pronuncian, y beben.
Hasta la muerte tiene un guiño obsceno en nuestra mesa, lecho final para cualquier viso de solemnidad gratuita. Colmados de sus tres lenguas, corridos por las manecillas, no se dan los besos ni se acarician los senos; Espora se aquieta, recibe la caridad de sus pasos, se agazapa, quiere ver si se prometen los ritos que esa noche no urdieron, quiere espiar el triángulo de placer y soberbia, quiere oírnos gemir. Ellos -nosotros- traman el más ínfimo pesar de los ausentes, los hacen añicos por imbéciles, por santurrones anacrónicos, por sus festejos tardíos.
Todo es para el viento; los tres, como tres gatos; como pimientas, si hubiera tres, riegan sus dedos. Profesan su fe de zaguán, hacen una a la moral, se ríen de Dios y de los muertos.
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6/4/10

José


Como de un no ser, José volvió. Y lo encontré en sus dedos ardidos, en un cerrojo de trasnoche y en el beso profundo, guarecido de la luz incauta, huidizo, perpetrado tras mi pelo.
Cuando José no es, las palabras se atiborran, se pisan con saña entre sus dientes, se paren amorfas, teñidas de sal. Pero no hoy, que abofeteó el letargo. Hoy su boca no granjea enemigos, sus manos asen cantatas dormidas, las despabila una a una, a ojo de buen cubero; los brazos se funden en el arma fiel. Hoy Zeballos acunó el paso quedo, vio morir incesante el tabaco, asistió a esa tertulia de bar improvisado, pero sin mesas, que une a los caminantes al unísono.
Allá, la niña duerme, más cerca, el padre ha muerto; acá la piedad pagana aplaude sus milagros sin Dios, libra una orgía de cuerdas, estriñe los cristales, lo expía de sus fracasos y sus omisiones, lo invita a ser, otra vez.
Así es el barrio cuando José es; sonoro, profano, viscoso. Tiene sabor a malta, a café con Legui, quizás. Se vuelve cobrizo o gris, según la voracidad de sus ojos. El viejo puente es una postal vigía del tiempo que será, de los amaneceres que lo espíen tarareando lamentos o fanales que diluyan la desesperanza. José volvió, como de un no ser, y aquí estaba yo, esperándolo.
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31/3/10

María B


Mira de lado, coquetea, lame adrede y hostiga al silencio, porque le teme. Su apuro es tan sonoro como su paso quedo. Se le llenan los ojos, se le colman de personas y voces y lugares, porque se ha prometido una carrera tonta. Se venera tanto como engulle sus pellejos, descree del júbilo gratuito y atesora llantos por si acaso. Se ausenta. Se ausenta si no es vista. Pero el ingenio le ha dado mil alcobas y encontró mil palomas que lleven sus mensajes silentes. Crines camaleónicas y boquitas pintadas para todos; la seducción es un juego táctico devenido en el fin de Maquiavelo. Hombres y mujeres se le antojan a sus pies hermosos y de cada cual ha robado algo. No obsta a su vicio mirar a veces sobre el hombro, regalar un aleteo de pestañas, contar los pasos que la separan del hastío terrenal. Libra batallas sin enemigos y las gana por cansancio, por capricho, por un acorde o un color que llame a la tregua, a una mesa de mala muerte para sorber delirios que mienten maravillas.
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30/3/10

Clara


Clara se enemista, charla tangos, despotrica disfrazada de verdades duras. Cada mediodía desentraña el misterio de verse al espejo y con su saldo negativo empieza, una vez más, a lidiar con las arrugas y la vida que, cree, es peor que la de otros. Llora a escondidas y hay horas que quisiera trocar la suerte con un hombre. Avezada en la labor de desear hondo y callo, ruega que se aligere el peso de los pantalones, que no asfixie la calamidad del nido vacío ni sangre el lomo con los murmullos de las que tienen marido. Clara es sepia; con suerte es blanco y negro, y su charlatanería despierta a la vieja Avellaneda, próspera y de bocas pintadas. Cuenta vivaz, treinta y dos veces, la nimiedad de su falda, y su buen culo paseando por Mitre. Y nadie duda, excepto ella, que teme que dudemos. Y ruega con los ojos y quiere de más, porque así es cuando el amor ha sido negligente. Hasta dar con la danza gris de un cigarro ardido, apurado, cuenta bonanzas; después se toca el pelo ralo, los lamentos escondidos detrás de ese anillo que hace bailar bagualas mientras habla, refriega esa nariz respingona, otrora alzada, entre la burguesía sureña.
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29/3/10

Crónica


Breathe on me. Sin decencia, sin decoro. Ya supe de tus días, de tu cuerpo ajado y agradecido, e impúdico y profanador. De mi cínica inocencia, de eso se trata, y me pregunto como derramamos el pecado, sin pertenecerte, viéndote jugar en otro sexo y hasta deleitándome con tu fiel placer. Rape me. ¿Qué es este río que corre entre las piernas? Será el terreno que gano en cada batalla. Y me digo, you’re just too good to be true. ¿Cuándo vas a desarmarte entre mis fauces? Fácil es que pongas el cuerpo a la gratuita mentira, donde somos dos simios admirados con las pupilas camaleónicas. Y después de la sombra del descanso todo vuelve al gris, y los flancos húmedos huyen bajo los harapos de los hombres probos. Tus canas recuperan la razón, los ojos azules abandonan la infame ceguera. Kiss me. ¿Te llevo a casa, pendeja?.
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Noche Turca

La diafanidad se había vuelto un concepto obsoleto. Esa mañana, la bóveda mostraba su cara más cínica, y el cielo se antojó viscoso y trocó lugar con el lodo. Los charcos espesos latían impunes en el plano blanco que cedía sin remedio, crecieron como una peste, con una belleza implacable, con la precisión de los métodos infalibles. Toda la luz fue tragada con una voracidad cursi, dúctil, pueril. No era necesario perder el cielo así, sin embargo todo fue manchado sin respetar el hogar de los credos.
Los pájaros confundían las migas de pan con promesas de luz, los girasoles se marchitaron, y los niños perdieron el miedo a la oscuridad. Los colores abandonaron su cerrada reyerta de antaño y la voz triunfó sobre los gestos.
La opacidad era tan pétrea que el suelo que nos hermanaba pareció diluirse en el agua que nos calmaba la sed. Por primera vez la tierra era clara.
Asistíamos, finalmente, al revés, al viceversa, al trueque.
Hicimos trato con los dioses, y todos pagaron un precio razonable por habitar esta porción del mundo. Exigimos fe, que es creer sin ver, y garantizamos anonimato.
Todos supimos en ese instante que debíamos observar, cada uno con la distancia que el coraje permitiera, pero todos sin lucha. Ese día decidimos amarnos, porque la historia apremiaba, y sentir era suficiente. Desprovistos de la mentira de mirarnos, nos embargamos en otras mentiras, pero más resbaladizas. Resultaron importantes las palabras y los aromas. La música y el café me embriagaron. Me abandoné a la exploración cruda, manifiesta y sin retorno. Enfaticé el poder de tus manos y las mías, caminé a ciegas y recordé el color de un jirón de tela.
Y solo así pudimos encontrarnos, verter al unísono; en el milagro más decoroso, en el apocalipsis no augurado. Y aunque el valor nos permitió en demasía, solo podíamos escoger el lugar. El terruño donde el reloj demorara el paso, hasta cesar agobiado. El lecho incómodo, inconciente, inútil que nos arrope a desgano. Te pedí que cantaras grave, para imaginar que llegaba el alba. Dibujaste una cruz en mi pecho. El agua hizo el resto.

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26/3/10

Reprimen

Las piernas veloces son obsoletas, tampoco sirven las lenguas, ni la palabra pronta. Bajo una algarabía se somete al ángel y al demonio, se ultraja el deseo, el deseo de ser, el ser. Se ciega la voluntad de decir, se enmudece el oído, se apaga la luz. Del que amedrenta, no es más que miedo; no es más que temor del temerario. Una ignorancia carnívora, unos dientes gigantes de aquel pequeño ser, arremeten. El cuerpo sangra por lo que el alma dice, y así debe ser. La bestia solo consume achaques, nunca supo de artes. No sabe que la mordaza no calla, que el rebenque no doblega, sino a la carne. Con las primeras luces se ven los cardenales, se esconden sin embargo los triunfos arrumbados en el lienzo, en las cuerdas, en la tinta. Nadie les advirtió que acaban de perder otra batalla; la música sigue.

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Los Invisibles

Nadie la veía, y no por discreta. Quizás la prole a la rastra, o la pobreza escandalosa la hacen invisible. Ella, casi dueña de esa ausencia, se mueve sin gracia, con ahínco. Busca tesoros perdidos, descartados por otros, con gracia, sin ahínco. Todos buscan y molestan la moral. Arruinan la foto, así, a pesar de no existir. No están y todos les temen, no tienen nombre y todos los nombran. Ella, jefa a veces, sometida el resto, marca el compás, se apodera del espacio que le dio la vergüenza de los peatones, que caminan tan lejos como la calle permite. Ellos, como si supieran que no tienen futuro, son lentos, ocupan largamente los minutos, se emboban con nimiedades: un juguete, un irresoluto paquete de galletitas. En el guiño sanguíneo del semáforo improvisan con una pelota de nylon y papel, son Maradona sin mundial, sin potrero. Baja la luz, todos se subliman en una postal gris. Y está bien, combinan con la miseria humana.

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Élida

Inmigrante y enjuta, la seda le sienta. Los párpados a media asta y mira apesadumbrada sus dedos enredados, que amoratan un pañuelo guardián de un número inexacto de secretos; como los surcos de su piel, como el lamento. La alcoba tiene ecos de amor y llanto, por aprender a escribir, por hijos muertos. La luz, infame y traicionera, ha dado con el verde aguado de sus ojos, con los restos de un bizcocho y el jarro de mate cocido. Como la asignatura pendiente del olvido, allí se devana el seso repitiendo los seis nombres. Y los dice bajito, para que el infortunio no se los arrebate, otra vez.

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No ser No

Ser otro, ser detrás de. Y sin nombre, porque las letras mienten y el pasado es de cartón, con suerte; o de papel. Ni pertenecer, ni ser dueño, porque ni el camino del tiempo se puede desandar cuando el vientre ha muerto y las manos del asesino aún matan. De la boca al espejo, el vacío. Qué decirle a ese extraño que habita el cuerpo cada noche, cada hálito de certeza, cada cuadro de esta obra mal parida. Las voces son apenas de hierba, y se secan con la duda, fenecen en las fauces de los insectos que se nutren de verdades. Ese no es mi nombre. No me invoquen con sigilo ni con solemnidad, no soy ese que ven, ni ese que veo, porque no soy. Atrás, quedaron yermos los senos que me aguardaban. Atrás, en esa eternidad pétrea que da el tiempo perdido quedó mi nombre, la identidad de aquel que envilece los reflejos, mi fe.

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