
De mi infancia recuerdo poco, y lo que no recuerdo con exactitud lo fui completando con la parcialidad que asiste a la inteligencia y a las estaciones del año. A pesar de ese exquisito trabajo de tejido y remiendo, solo tengo imágenes desde la mudanza. Aunque me esfuerce, de antes, solo viene algún piso de mosaicos, algún árbol de almendros, esos que tienen flores que parecen racimos, algún adorno de porcelana, pero nada más. Todo viene después.
El primero de los recuerdos duerme en las veredas. Serpenteaban de aquí para allá en su labor divisiva; y si hubieran sido tortugas o armadillos habrían tenido los lomos engarzados de piedras redondas. Cantos rodados, eran. Uno al lado del otro, infinitos.
Era el ’85. Los edificios, sucedidos unos a otros, como serios gigantes de arena, eran tan iguales entre si que bien podría caber la duda antes de entrar. Este o el otro, solo podían diferir abriendo las puertas o las ventanas. Constatando que en este primer piso vive María y no Ana; que en el otro, hay una familia con perro. La uniformidad era llamativa y por momentos inquietante. Desde el cielo, supongo, se hubiera visto una maqueta. Tal como se veía desde el suelo.
Los árboles, todos tenían cara de niño. Eran flacos y aguardaban crecer, como la urbe. Había muchos críos, pocas bicicletas. Y la tarde, hoy recuerdo, traía la bendición patriarcal. Como si a metros se erigiera una fábrica de padres, después de las seis, se desparramaba una inmigración azul. Azul de ropa de trabajo, azul de masculino, azul. Los chicos se limpiaban los mocos con el revés del puño, y las madres dejaban el chisme en la vereda para fregarles la mugre de haber potreado, con un trapito mojado en la lengua.
Las plazas se vaciaban urgentes. El sol, como acostumbrado al rito, partía cansino. Esa uniformidad de cajas de zapatos que sugería la pequeña urbanidad empezaba a iluminarse de a cuadraditos. Ahora, los gigantes destellaban las seis ventanas que había por frente; y adentro, el varón esperaba el mate amargo.
Quizás por eso, la muchedumbre que miraba la mudanza, crecía hora tras hora. Porque detrás del sillón raído, de las sillas desiguales, de la mesa de fórmica, del jarrón turquesa, solo aparecíamos, una y otra vez, caprichosos, mi hermano, mi abuela, mi mamá y yo. El camioncito solo traía cosas, y mujeres y un niño. Dos cuadros viejos, un perchero, una cama marinera de pino, un modular desvencijado, una vieja, dos mocosos, una mujer.
Y caía la tarde, y si, cada vez más gente. Afuera la vecindad, adentro las cajas, parecían una tarea titánica. El último canasto, y por esa tarde, la ultima carrera por el caminito pedroso. Pero justo antes de cerrar la puerta, antes del bálsamo reparador de la intimidad, antes del techo por fin, mi mamá volvió sobre sus pasos, miró el tumulto bullicioso, y con una voz que me pareció de un verde oscuro, dijo:
- Si, soy separada.
Después, la puerta, las cajas, el murmullo, la mudanza.
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