
Hoy fui a correr al parque, lo juro. No importa qué digan éstos, estuve corriendo por el parque.
Salí con el sol convencido de las nueve y pico, primero a paso lento, para dar con la amplitud que seduzca a los ojos, porque no alcanzan el final del lienzo verde. Caminé por la calle de tierra, evitando piedras y charcos, caminé con la vista gacha, viendo cada vez más yuyo, hasta que se hizo todo verde y ahí estaba, el parque.
Hundiéndose mis pies en la espesura agradable del pasto tupido, haciendo de cada paso una resistencia dulce, primero el derecho, después el izquierdo, empujaban el suelo, me despedían ligero hacia arriba, para caer después, tan ligero como subí. En ascenso y descenso, ahora veo las vías lejos, ahora no. Ahora veo las vías lejos, ahora no.
Convertido en una máquina de quemar oxígeno, inhalo cada cuatro pasos, dos derechos, dos izquierdos, y exhalo cada tres. Pero lo confieso, si pienso en la nariz me pierdo, y quizás inhalar consuma solo tres pasos, pero exhalar cuatro, y así no me alcanza el aire. Entonces dejo que el aire haga lo suyo, que como máquina, el proceso sea mecánico y ya.
Bajo las fosas ya siento la humedad y en las sienes escucho el corazón. El calor bajo el abrigo ya le ganó a la fresca y ahora sube por la nuca, me la humedece apenas y se que va en busca de la frente. Sin proponérmelo paso el puño por las cejas, seco una frente que aún no está mojada, pero es sin proponérmelo. Después las manos recuperan su posición natural de correr por el parque; es decir, una a cada lado, los antebrazos perpendiculares al cuerpo, y a la altura de las costillas. Así los nudillos le dan puños al aire y todos aciertan.
Derrotado el aire (lo quemo con la nariz, lo apaleo con las manos), seguí corriendo hasta que se me antojaron las diez. Me detuve, sostenido en mis rodillas, ya cerca de las vías. Me dije que quizás podría unos minutos más y llegar, pero no. Me detuve, doblado me sostuve en las rodillas y respiré tan hondo como se oían mis latidos. En el silencio de las diez antojadizas, lo único audible era mi corazón que se me había hecho grande como el cuerpo y osaba latir en los dedos, los muslos y los ojos.
Como ya se qué hacer en estos casos, solo me quedé callado, esperando que el pecho menguara el repique y después de unos minutos, ya se escuchaba el viento, los árboles lejanos y un perro enojado en algún patio vecino. Con el folklore del pueblo empiezo la vuelta, a paso quedo. El suelo mullido es menos perceptible en el letargo, pareciera que la pasión reverdece las bondades, y en soledad me pregunto por qué. ¿Por qué, Doctor?.
Pero justo ahí, en la pregunta artera empieza el sigilo. En ese por qué miserable que solo responde peros, los veo. Todos en sus guardapolvos blancos, la calle de tierra devenida en mosaicos viejos. ¿Dónde están los charcos, dónde los yuyos? Hoy fui a correr al parque, lo juro. No importa qué digan éstos que ahora me rodean y me vigilan, me hablan fuerte pero no me miran. No importan los muros mohosos que amurallan la ciudadela, ni mis pies descalzos, ni los trastos en ese rincón donde el sol copia las rejas, ni la bichera en la pared, ni el hambre, ni desconocer mi nombre y el de esa puta que cada seis horas me visita para husmear en mis pupilas. No importa la ventana que no abre, el blanco obsecuente, violado por la mugre; tampoco importa que caiga la noche y muera de miedo. En la realidad, no importa que grite si quiera.
Salí con el sol convencido de las nueve y pico, primero a paso lento, para dar con la amplitud que seduzca a los ojos, porque no alcanzan el final del lienzo verde. Caminé por la calle de tierra, evitando piedras y charcos, caminé con la vista gacha, viendo cada vez más yuyo, hasta que se hizo todo verde y ahí estaba, el parque.
Hundiéndose mis pies en la espesura agradable del pasto tupido, haciendo de cada paso una resistencia dulce, primero el derecho, después el izquierdo, empujaban el suelo, me despedían ligero hacia arriba, para caer después, tan ligero como subí. En ascenso y descenso, ahora veo las vías lejos, ahora no. Ahora veo las vías lejos, ahora no.
Convertido en una máquina de quemar oxígeno, inhalo cada cuatro pasos, dos derechos, dos izquierdos, y exhalo cada tres. Pero lo confieso, si pienso en la nariz me pierdo, y quizás inhalar consuma solo tres pasos, pero exhalar cuatro, y así no me alcanza el aire. Entonces dejo que el aire haga lo suyo, que como máquina, el proceso sea mecánico y ya.
Bajo las fosas ya siento la humedad y en las sienes escucho el corazón. El calor bajo el abrigo ya le ganó a la fresca y ahora sube por la nuca, me la humedece apenas y se que va en busca de la frente. Sin proponérmelo paso el puño por las cejas, seco una frente que aún no está mojada, pero es sin proponérmelo. Después las manos recuperan su posición natural de correr por el parque; es decir, una a cada lado, los antebrazos perpendiculares al cuerpo, y a la altura de las costillas. Así los nudillos le dan puños al aire y todos aciertan.
Derrotado el aire (lo quemo con la nariz, lo apaleo con las manos), seguí corriendo hasta que se me antojaron las diez. Me detuve, sostenido en mis rodillas, ya cerca de las vías. Me dije que quizás podría unos minutos más y llegar, pero no. Me detuve, doblado me sostuve en las rodillas y respiré tan hondo como se oían mis latidos. En el silencio de las diez antojadizas, lo único audible era mi corazón que se me había hecho grande como el cuerpo y osaba latir en los dedos, los muslos y los ojos.
Como ya se qué hacer en estos casos, solo me quedé callado, esperando que el pecho menguara el repique y después de unos minutos, ya se escuchaba el viento, los árboles lejanos y un perro enojado en algún patio vecino. Con el folklore del pueblo empiezo la vuelta, a paso quedo. El suelo mullido es menos perceptible en el letargo, pareciera que la pasión reverdece las bondades, y en soledad me pregunto por qué. ¿Por qué, Doctor?.
Pero justo ahí, en la pregunta artera empieza el sigilo. En ese por qué miserable que solo responde peros, los veo. Todos en sus guardapolvos blancos, la calle de tierra devenida en mosaicos viejos. ¿Dónde están los charcos, dónde los yuyos? Hoy fui a correr al parque, lo juro. No importa qué digan éstos que ahora me rodean y me vigilan, me hablan fuerte pero no me miran. No importan los muros mohosos que amurallan la ciudadela, ni mis pies descalzos, ni los trastos en ese rincón donde el sol copia las rejas, ni la bichera en la pared, ni el hambre, ni desconocer mi nombre y el de esa puta que cada seis horas me visita para husmear en mis pupilas. No importa la ventana que no abre, el blanco obsecuente, violado por la mugre; tampoco importa que caiga la noche y muera de miedo. En la realidad, no importa que grite si quiera.
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