25/6/10

Por una Cabeza


Hoy fui a correr al parque, lo juro. No importa qué digan éstos, estuve corriendo por el parque.

Salí con el sol convencido de las nueve y pico, primero a paso lento, para dar con la amplitud que seduzca a los ojos, porque no alcanzan el final del lienzo verde. Caminé por la calle de tierra, evitando piedras y charcos, caminé con la vista gacha, viendo cada vez más yuyo, hasta que se hizo todo verde y ahí estaba, el parque.

Hundiéndose mis pies en la espesura agradable del pasto tupido, haciendo de cada paso una resistencia dulce, primero el derecho, después el izquierdo, empujaban el suelo, me despedían ligero hacia arriba, para caer después, tan ligero como subí. En ascenso y descenso, ahora veo las vías lejos, ahora no. Ahora veo las vías lejos, ahora no.

Convertido en una máquina de quemar oxígeno, inhalo cada cuatro pasos, dos derechos, dos izquierdos, y exhalo cada tres. Pero lo confieso, si pienso en la nariz me pierdo, y quizás inhalar consuma solo tres pasos, pero exhalar cuatro, y así no me alcanza el aire. Entonces dejo que el aire haga lo suyo, que como máquina, el proceso sea mecánico y ya.

Bajo las fosas ya siento la humedad y en las sienes escucho el corazón. El calor bajo el abrigo ya le ganó a la fresca y ahora sube por la nuca, me la humedece apenas y se que va en busca de la frente. Sin proponérmelo paso el puño por las cejas, seco una frente que aún no está mojada, pero es sin proponérmelo. Después las manos recuperan su posición natural de correr por el parque; es decir, una a cada lado, los antebrazos perpendiculares al cuerpo, y a la altura de las costillas. Así los nudillos le dan puños al aire y todos aciertan.

Derrotado el aire (lo quemo con la nariz, lo apaleo con las manos), seguí corriendo hasta que se me antojaron las diez. Me detuve, sostenido en mis rodillas, ya cerca de las vías. Me dije que quizás podría unos minutos más y llegar, pero no. Me detuve, doblado me sostuve en las rodillas y respiré tan hondo como se oían mis latidos. En el silencio de las diez antojadizas, lo único audible era mi corazón que se me había hecho grande como el cuerpo y osaba latir en los dedos, los muslos y los ojos.

Como ya se qué hacer en estos casos, solo me quedé callado, esperando que el pecho menguara el repique y después de unos minutos, ya se escuchaba el viento, los árboles lejanos y un perro enojado en algún patio vecino. Con el folklore del pueblo empiezo la vuelta, a paso quedo. El suelo mullido es menos perceptible en el letargo, pareciera que la pasión reverdece las bondades, y en soledad me pregunto por qué. ¿Por qué, Doctor?.

Pero justo ahí, en la pregunta artera empieza el sigilo. En ese por qué miserable que solo responde peros, los veo. Todos en sus guardapolvos blancos, la calle de tierra devenida en mosaicos viejos. ¿Dónde están los charcos, dónde los yuyos? Hoy fui a correr al parque, lo juro. No importa qué digan éstos que ahora me rodean y me vigilan, me hablan fuerte pero no me miran. No importan los muros mohosos que amurallan la ciudadela, ni mis pies descalzos, ni los trastos en ese rincón donde el sol copia las rejas, ni la bichera en la pared, ni el hambre, ni desconocer mi nombre y el de esa puta que cada seis horas me visita para husmear en mis pupilas. No importa la ventana que no abre, el blanco obsecuente, violado por la mugre; tampoco importa que caiga la noche y muera de miedo. En la realidad, no importa que grite si quiera.
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18/6/10

Con dos T


En una ciudadela, al sur del sur, las viejas sabias contaban que la magia se evidenciaba en el tamaño de los pies. Cosa rarísima era encontrar una niña con el pie derecho dos centímetros más grande que el izquierdo, y ese día de Agosto, con su nacimiento, todos festejaron con bombo legüero.

Agosto en Argentina tiene ese dejar la fresca y abrazar las primeros acordes tibios del año. Bien podría haberse llamado María, pero su madre, que tenía un nombre que invitaba a la luz, la llamó Carolina. Y al nombrarla conjuró el pueblo. Y dicen los memoriosos que un viento vejó todo refugio y bajo los trastos caídos con el vendaval todos encontraron flores maduras y mariposas prestas a volar. Así el orden que siguió al caos devino en una orgía de alas y aromas.

Largo rato nos llevó a los mortales saber cuál era su magia, porque era esquiva al ojo medio. Tenía una sutileza pícara, de limón. Podía por ejemplo, ensortijar tanto sus cabellos que uno se posara al abismo de esas cosas que no tienen explicación. También podía hacer confituras benditas con solo usar leche y harina, coser botones con largas filas de alpiste y pintar lienzos con un puñado de granos de arroz.

Carolina hace magia con sus senos pequeños, con sus pelos negros y con su voz. Se sienta a la mesa y la llena, y no hay prenda que no sea única sobre sus carnes. Igual fortuna toca a los versos que lee en susurros y a su cocina que hierve de especias, frutas y licores.

Cuando llora se destiñe y cuando ríe canta. Niños, ancianos y monjitas se han rendido a su media sonrisa. Todos robamos por ella, y nunca pedimos perdón. Y escondemos bajo la almohada dos chapitas viejas, jirones de tela y granitos de sal para envolver todo en celofán, ponerlo en sus manos y verlo todo convertido en gorrión con solo un por favor salido de sus labios.

Carolina hace una magia menuda, labra hechizos de poca monta. Pone un suspiro donde el pecho aprieta, azúcar en el té, o calor en el vientre. Se ríe en los funerales, llora un alma encarcelada, vela por dos pendencieros, amasa pan y es un poco madre de todos los críos sin madre. ¿Cómo decirlo? Carolina nos hace libres, y nosotros le bailamos en ronda.
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11/6/10

Ya lo dijo Luis Alberto


Cuando Ana nació, por razones que alguien pidió y nadie supo responder, no salió el sol ni un solo minuto. Desde los dolores de parto azuzando la madrugada hasta el llanto mezclándose con el té de las cinco, todo transcurrió en la más perfecta de las penumbras. Ni un rayito débil asomó hasta el día siguiente, cuando el sol se plantó como quien no quiere la cosa, haciéndose el sota, horadando con el calor leve del invierno, como si ayer no hubiera tenido feriado.

El fenómeno fue comentado durante años, casi tantos como esperaron que el sueño de Ana se ordene. Porque en sus días tempranos no quedó vieja sin rezongar con un dedo en alto, que era normal, que los chicos no duermen; y aún así la desesperación de su madre primeriza organizaba verdaderas cumbres, a las que asistían abuelas, tías y vecinas, y cada una más ancha superando a la otra en cantidad de críos. Leche con miel, tizanas de recetas pasadas a media voz, rezos y gualichos. El médico de la capital y la bruja del pueblo vecino, y nada. Nada logró hacer dormir a Ana.

Así siguió su vida, y excepto por la eterna vigilia, era una niña, luego adolescente, después mujer, absolutamente normal.

Ana se había acostumbrado a ocupar sus ojos, sus manos, mientras el mundo era silente. Aprendió todas las constelaciones, conoció al dedillo cómo es que respira la noche, bebió gotas de rocío y vio todas las flores en su punto más hermoso, que es cuando apenas han decidido a abrirse. Vencido el miedo a los murciélagos, vagó por rincones y submundos, y el tiempo inagotable, las manecillas vagas, le habían regalado una eternidad que todos tenemos permitido envidiar.

Ana nunca estaba cansada, nunca se perdía nada, podía estudiar cuando todos corríamos a las sábanas a recuperar aliento, podía ordenar su cuarto a la luz de una vela, sin más requisito que guardar silencio. Hasta hubiera podido, de existir la magia, viajar a tierras remotas donde el sol brille cuando acá se apaga, y viceversa.

Aún así, bendita como parecía, Ana no conocía, por ejemplo, el descanso novador después del orgasmo, que nos permite perdonar el desaliño de nuestros amantes. Tampoco la misericordia de la siesta, ni el truco de dormirse en misa. Y harta de consumir criaturas de la noche, se esfumó la gracia de ver dormir al mundo. La vigilia es un verdugo esquivo e indolente que en cada parpadeo nos cobra la distracción. Y ni bien lo supo, Ana comenzó a marchitarse.

La piel se le ajó de a pasitos; los ojos, que intentaba doblegar a fuerza de cerrarlos con fuerza, perdieron los diez diamantitos que atesoraban. Las manos se le hicieron laxas y olvidaron como era el algodón. Igual suerte corrieron sus cabellos, que desteñían todas las tardes un poco y dejaban el rastro de su perecer. Ana respiraba quedito y necesitaba un doctor. Pero una viejecita fea y enclenque apareció una tarde, y sin decir su nombre, nos contó. Ana moría, porque no podía soñar.

Y como todos podemos suponer, cuando Ana murió, por razones que todos quisieron dar, pero nadie pidió, el sol no dio tregua. Desde el alba hasta la comunión de las luciérnagas, todo fue un festín de luz. Ni una sombrita pudorosa dio batalla, hasta la noche siguiente, que las estrellas salieron como a bailar un vals.
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7/6/10

Maneras de Querer


Otra vez el dolor, che. Y viste como es el dolor, la angustia, tan física. Siempre viene después, es cobarde, ataca de atrás. Justo después, ahí en la soledad donde me tengo pena, me compadezco de esta lengua tiesa, del silencio, primero sabio y después imbécil. En mi propia vergüenza, tengo accesos de odio ciego en los que alterno culpables, pero termino agotado, y con el sueño viene la expiación de los pecados y me siento muy digno reconociendo mi propia miseria, golpeándome el pecho, jurando despertar. Jurándome despertar.

Por suerte a la mañana encuentro las razones de mi inconducta. Todas esas que ayer no veía, ganado por la desazón de creerme culpable. Olvidado el dolor, todo se ve más claro. Escuchame, no todo puede ser culpa mía. El respeto no es algo que se pide. No soy un mendigo, carajo. Por suerte encuentro las razones, porque es tan obvio que nada puedo hacer yo. No hago más que perdonarte. Te juro, no hago más que perdonarla una y otra vez. El perdón es un acto muy digno, no se porque a veces me confundo tanto, y pienso que soy el culpable. Es tan claro que nada puedo hacer.

Quizás tampoco es ella. Yo quería contarle de las moras, que explotan en la esquina, y que me emborraché de solo olerlas, porque me recuerdan sus pezones. Tanto deliré con su piel de arroz que ahí estaba yo, con un puñado de moras en la izquierda, la otra en su puerta. Imaginando su vientre, que es mío, y el cuenco que hamaca el agua, justo al acabarse su espalda, casi muerto en sus rodillas, que son mías. Escuchame, traje moras.

Y otra vez el dolor, che. Que no puede, que le avise, que me vaya. Que está bien, que perdón, que hasta mañana. Y la vereda se ensancha, y la ciudad se vuelve puta, y la guita no me alcanza para abusarla por cada espacio en blanco. Empiezo a lamerme las heridas, y articulo doce o trece lastimosos pobre-de-mi. Me los confiero tan sinceros, y aún así el dolor que me dobla, me hago agua por las sienes y todos los ojos me miran. Camino tan erguido como el rictus me lo permite, odio una pareja con aire adolescente, toso, odio las flores y desespero.

La culpa es un impulso espiralado, y en cada curva muda el culpable. Una razón devora a la otra y ninguna me salva de las fauces del pavor. Me lamento hasta el hartazgo, hasta la indignidad, y estoy tan aguzado en la labor de tenerme pena que lloro, después de dos calles lloro. Y en un páramo sembrado de laureles me oculto de todos, hasta de mí, y comienzo el rito. Entre sollozos, me doy placer espurio, y ya ausente de pasión, empiezo mi golpiza. Lento, con verdadero método, alternando las manos me doy falsas puñaladas y me escucho orando basta de dolor, basta de dolor.

El ritual me hizo vomitar. Como un exorcismo, todo mi interior desalojado por la boca, y yo acostado, exangüe al lado de mi ser, desalojado. Con las fuerzas que restaban los vi, eran decenas de pequeños hombrecitos. Entre babas y espuma, los vi, todos estaban arrodillados y no podían incorporarse, o casi todos. Los que caminaban tenían pequeños carteles que decían permiso o perdón. Otros se tapaban los ojos diminutos y unos pocos se cubrían la cabeza, con los brazos en cruz. Todos eran grises y penosos. No podía ser de otro modo.


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1/6/10

Ese viejo Berretín


Puán provoca morbo, nada más exacto. Es un espectáculo que hiede e irrita, y sin embargo uno no resiste la tentación de ver. El Che ha devenido en panfleto, pancarta, afiche, es la escarapela que todos consiguieron gratis para exponer en sus pequeños puestos de lucha, en los que se pasan la vida, con ideales pero sin ideas. La clave es la mugre, ahí se ha roto el lugar para el orden. No hay autoridad posible, ni espacio organizable. No hay rituales intocables, excepto el de ignorar el circo que abruma en su cacería de adeptos, en su evangelización de alumnos para convertirlos en compañeros y camaradas, y colgarles la estrellita roja, o con suerte la hoz, como trofeo de guerra.

La mirada no tiene respiro en Puán,
por eso las letras muertas del apunte deben atraparte por completo.
Apuráte,
leélo ortodoxamente,
evitá la contaminación de las pupilas para no agotarlas antes de empezar con la tarea.
Y si es posible,
cerrá los ojos al pasar la página,
no sea cosa que una asamblea, un cine-debate,
una denuncia te tome por asalto.


Ellos, los soldados, tienen un olfato canino, me adivinan la extranjería en un chasquido de dedos, me siguen, me muerden los talones, me atiborran los oídos, a la vez que se pasean orondos con ropas feas elegidas adrede. Portan, simulando orgullo, su mugre de días y días, sus alientos de zaguán. Como asistidos por la verdad, como dueños de la única libertad valedera, me presumen una pacata y lo mismo ocurre con cualquier otro transeúnte que ose ignorar sus vítores, porque solo ellos alzan la bandera de la transgresión.

Con las dos manos se pueden contar las trincheras, nomás. Son todos iguales, y así y todo, viven divididos y enemistados. Y todos se calumnian con los mismos motes, y todos se tildan de los mismos pecados capitales, pero subsisten alimentados de una energía fascinante y adolescente. Tienen una inmadurez imperdonable, y se sienten libres en sus ataduras, porque libertad es un concepto hecho jirones, y cada uno conserva un retazo. Lo conservan y lo detentan, y alzándolo perpetran el peor de los pecados, el de marchitarse.

El día baja las persianas, tiene a bien esconder la roña que ganó todos los flancos. Y en los elefantes inertes que ofician de banco, se dejan engañar por su ausencia de reglas, uno aviva un porro, el otro toma cerveza, y creyéndose que realmente eso es la revolución, se conforman, se veneran, se amortajan, se encanecen sin entender que el Che, está en las aulas.
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