19/8/10

La Mudanza


De mi infancia recuerdo poco, y lo que no recuerdo con exactitud lo fui completando con la parcialidad que asiste a la inteligencia y a las estaciones del año. A pesar de ese exquisito trabajo de tejido y remiendo, solo tengo imágenes desde la mudanza. Aunque me esfuerce, de antes, solo viene algún piso de mosaicos, algún árbol de almendros, esos que tienen flores que parecen racimos, algún adorno de porcelana, pero nada más. Todo viene después.

El primero de los recuerdos duerme en las veredas. Serpenteaban de aquí para allá en su labor divisiva; y si hubieran sido tortugas o armadillos habrían tenido los lomos engarzados de piedras redondas. Cantos rodados, eran. Uno al lado del otro, infinitos.

Era el ’85. Los edificios, sucedidos unos a otros, como serios gigantes de arena, eran tan iguales entre si que bien podría caber la duda antes de entrar. Este o el otro, solo podían diferir abriendo las puertas o las ventanas. Constatando que en este primer piso vive María y no Ana; que en el otro, hay una familia con perro. La uniformidad era llamativa y por momentos inquietante. Desde el cielo, supongo, se hubiera visto una maqueta. Tal como se veía desde el suelo.

Los árboles, todos tenían cara de niño. Eran flacos y aguardaban crecer, como la urbe. Había muchos críos, pocas bicicletas. Y la tarde, hoy recuerdo, traía la bendición patriarcal. Como si a metros se erigiera una fábrica de padres, después de las seis, se desparramaba una inmigración azul. Azul de ropa de trabajo, azul de masculino, azul. Los chicos se limpiaban los mocos con el revés del puño, y las madres dejaban el chisme en la vereda para fregarles la mugre de haber potreado, con un trapito mojado en la lengua.

Las plazas se vaciaban urgentes. El sol, como acostumbrado al rito, partía cansino. Esa uniformidad de cajas de zapatos que sugería la pequeña urbanidad empezaba a iluminarse de a cuadraditos. Ahora, los gigantes destellaban las seis ventanas que había por frente; y adentro, el varón esperaba el mate amargo.

Quizás por eso, la muchedumbre que miraba la mudanza, crecía hora tras hora. Porque detrás del sillón raído, de las sillas desiguales, de la mesa de fórmica, del jarrón turquesa, solo aparecíamos, una y otra vez, caprichosos, mi hermano, mi abuela, mi mamá y yo. El camioncito solo traía cosas, y mujeres y un niño. Dos cuadros viejos, un perchero, una cama marinera de pino, un modular desvencijado, una vieja, dos mocosos, una mujer.

Y caía la tarde, y si, cada vez más gente. Afuera la vecindad, adentro las cajas, parecían una tarea titánica. El último canasto, y por esa tarde, la ultima carrera por el caminito pedroso. Pero justo antes de cerrar la puerta, antes del bálsamo reparador de la intimidad, antes del techo por fin, mi mamá volvió sobre sus pasos, miró el tumulto bullicioso, y con una voz que me pareció de un verde oscuro, dijo:
- Si, soy separada.

Después, la puerta, las cajas, el murmullo, la mudanza.

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12/8/10

Me robaré una Vida


Querido Julio:

La nieve me crece en los pies, por debajo, como el viento del Danubio. Los niños siguen tan abrigados como el frío de sus madres manda y yo aquí con el pómulo en un dolor que me achica. Aún así, hoy descubrí con vértigo que los golpes acabarían como el frío.
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Alina me dejará su nombre y su cuerpo, la he azotado con mis males y mis zapatos rotos. Hoy en el puente me adueñaré de su reinado, porque ella, que no lo ama, siendo un poco yo, pero sin dejar de ser ella, sabrá terminar con los golpes y con el invierno.
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A veces, te confesaré, cuando soy ella, comprendo que ignore que soy yo. Nadie que sea ella podría considerar ser yo misma. Pero siendo las dos, Julio, no habrá bajezas en esta lucha. Todo haré para traerla al puente y liberarme. Me iré en su sastre gris, ella sabrá elegir entre matar o morir. Sentiré la sangre en sus manos, pero siendo ella, y siendo lejana. Cuidaré su cuerpo como nunca he cuidado el mío, y ella hará lo propio. Porque sabrá, estoy segura, ser por mi lo que no ha sido, aún aquello que no he sido ni yo. Sabrá desandar el camino que gastó mis zapatos y me amorata el cuerpo. Yo aguardaré y seré Alina.
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Te confío mi secreto. Escríbeme a Buenos Aires.
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Adiós, Naila.

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Basado en "Lejana", de Julio Cortázar.

6/8/10

La Otra Siesta


Era verano otra vez, como ayer. Porque aquí hace verano de Enero a Diciembre y el sol achicharra. Solamente para un muerto podían querer las flores. Y no lo intuí solo por su luto. También su pobreza sin disimulo me decía que, salvo en un muerto, no gastarían los veinte centavos que costaban.
Se subieron al último tren antes del receso de la tarde, y arrastrando una bolsa raída se engarzaron en el vagón de tercera. Yo las miraba queriendo comprender la hazaña. Y digo hazaña porque el último muerto en esos días fue el ladrón del quinto pueblo. Lo encontraron embolsando unas gallinas flacas, dicen; y la horda lo linchó, como es costumbre. Tamaña proeza les espera. Bajaron en la quinta, como pensé. Les rezaré un Padrenuestro para que la siesta les de tiempo. Lástima no recordar el Ave María, porque creo que no les va a alcanzar.

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Basado en "La Siesta del Martes", de Gabriel García Márquez.