7/8/14

La limpieza - Luciana De Luca



No sabe si el yodo se evapora. Si tiene la propiedad de abandonar su cuerpo líquido y volverse aire naranja para finalmente estrellarse contra una pared, un cielorraso, una mampara. Debe ser, se seca el sudor del labio, debe ser eso. Es eso la mancha, confirma, se dice, es eso lo que se estrelló en el techo después de irse evaporando, a lo mejor por culpa del calor inmundo que viene haciendo desde diciembre, no, este año arrancó en septiembre, no hubo primavera: se fue el invierno y arrancó el verano. El verano se comió al invierno como un pez grande a uno chico y viejo, con las defensas y el sistema de alerta inutilizado, lleno de agujeros como una esponja. A lo mejor el doctor Rodríguez se lo olvidó abierto arriba de la mesita auxiliar de metal que brilla con el brillo opaco de un ojo con cataratas. O fue el yodo el que fue corroyendo el corcho de la botella antigua hasta que lo dejó finito e inútil y entonces sí, el yodo fue libre de volverse primero espuma, después vapor, después aire hasta alcanzar su coronación de mancha en el techo.

*

“Apaga la sed”, el grito estalla contra las tejas enceradas de los chalets sufrientes de siesta. “Apaga la sed”, se va rebotando por el pasaje y choca contra el metal casi al rojo de las vías. El juego es perverso: la canilla de repente explota y el agua sale disparada escupida como un racimo de balas transparentes que por turnos te inundan la nariz la boca la cara los ojos, todo lleno de agua, el juego perverso, ponerse a sentir que uno se muere, que se ahoga, el único que se murió casi una vez fue José, que lo pisó un camión y sobrevivió, no se le nota nada sólo que ya no se ríe casi nunca.
Tragá, borrega, becerra, tragá bicho feo, el agua le revuelve las tripas, le lava el estómago, los ojos se le dan vuelta, el olor de la manguera calentada al sol, parecido al de la pelopincho destiñendo olas naranjas arriba del agua cargada a baldazos, toda una tarde de esfuerzo. El mismo olor pero distinto. La manguera se le enrosca como una yarará entre el cuello y la nuca, mañana va a tener un rosario de moretones que le caminan por la clavícula, hoy sólo la mancha roja. La manguera sale, el agua cae al suelo y cruje contra las baldosas, vomita todo lo que tiene adentro, galletitas con naranjada diluida, unos caramelos y un líquido marrón que no sabe qué es. Los demás la miran esperando para ver si hay que reírse, si hay que ponerse serios, si hay que cruzar y golpearle el portón al padre para que se la lleve porque se largó a llorar de repente no sabemos por qué y vomitó. Será el calor.

*

Afuera escucha el grito “apaga la sed”, el grito bandido, y se la imagina a su hija, cianótica, demostrando su fuerza con la manguera clavada en la boca, los ojos saliéndose de la órbita. Qué estúpidos, piensa. Qué mocosa estúpida.

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Sube las escaleras de a saltos, los escalones se van cayendo al paso de ella, después van a estar ahí, siempre, gastándose, poniéndose blancos donde los talones pero ahora ella cree que se le caen cuando los pisa, como pasó en Sodoma y Gomorra cuando se desmoronaron delante de los ojos de unos que habían pecado. Lo decía la enciclopedia. La madre no está en la cama, en su lado de la cama no hay nadie, está la cabeza enorme del almohadón, cuadrada, es un decapitado sin cuerpo, un monstruo de cabeza fofa y amarilla sin brazos ni piernas, al lado el padre duerme y se agita, tiembla. ¿Y mamá? Pregunta bajito, sorbiendo las palabras, el aire, para que no la escuche, ¿y mamá?, insiste y esta vez le parece que de tan bajo ni lo dijo. Pone la mano a levitar sobre el cuerpo del padre, primero arriba del pecho blanco con pecas coloradas, después va subiendo, siguiendo una autopista invisible hasta quedarse arriba de la frente pero en lo alto, sobrevolándola, y dice “tenés fiebre”, no pregunta esta vez, le avisa al padre que duerme y ronca y el pelo rojo se le prende fuego por culpa de la temperatura que lo va hirviendo de a poco, de los virus, de la gripe. ¿Te lavaste las manos?, le pregunta con la mímica nomás, y el almohadón no dice nada, el padre no dice nada. El padre en el delirio de la fiebre llama llamado a su madre, grita bajito, atravesando las fibras sintéticas de las sábanas, agujereando el cielorraso de madera y luego las chapas y luego el cielo. La llama por su nombre, pidiéndole con voz de hijo que le prepare los niños envueltos, que tiene hambre, por favor Carola, los niños envueltos dice el padre, ni despierto ni dormido: enfermo. ¿Tenés hambre? Pregunta ella y después más firme “Tenés hambre”, y piensa, mirándolo flaco y pálido, seco como un gusano de limonero, cómo sería ver a su padre envuelto en mantas, en brazos de su madre que lo cure de todo mal, un niño inmenso, sin pelo, con aliento a cigarrillo, pero niño envuelto al fin.

*

Se da cuenta del retraso y lo primero que hace es: nada. Espera que la cosa se revierta sola. Ya pasará, piensa, secando los platos. Ya pasará, piensa, mientras barre las hojas del otoño que se desarma, como las cuentas de un collar de juguete de su hija, sobre las baldosas del patio. Ya pasará, secándole la frente húmeda al esposo engripado que fuma y mastica gomitas de menta y dice incoherencias. Ya pasará, mientras se enjabona en el baño la barriga, la frota con fuerza para darse la razón porque si de verdad estuviera no podría sacudirla así, piensa, quién haría algo así, un monstruo nomás. Ya pasará piensa mientras toma el colectivo, mientras trenza el pelo de su hija, mientras el otoño se seca hasta hacerse polvo y volverse invierno. Ya pasará, mientras el marido se acuesta encima suyo, después de una fiesta, después de una siesta, después de apagar todas las luces un lunes, un miércoles, un sábado. Ya pasará, cuando las náuseas le empastan la boca, cuando le tiemblan las piernas y ya no se atreve al rigor del jabón y la energía sobre la barriga. Ya pasará, dice que va al mercado y en verdad cruza la avenida hasta el consultorio del médico y toca timbre.

*

Para entrar hay que golpear las manos, para que a uno lo escuchen. Hay timbre pero no anda, como el ventilador: hay ventilador pero no anda, no refresca. Antes no había heladera, ni televisor. Para qué tener cosas que se van a romper, dice el abuelo con una solvencia suficiente para desmoronar todos los argumentos en favor del progreso. Después se va con el camión a recorrer las rutas, un marido viajante, un marido escurrido en el medio de la noche, levantando el polvo de los colchones de hotelitos para hombres solos. Cada vez, de regreso, algo nuevo en la casa, se daba cuenta nomás al ver a la esposa en la puerta, escurriéndose las manos, nerviosa, estrujando el delantal de cocina, adelantándose para darle un beso que terminaba (siempre) en un choque de dientes. Un televisor, un tocadiscos, una heladera rendodeada con congelador y cubeteras humeantes. Al final se acostumbra y no le importa. Ni mira lo que hay de nuevo. Entra, se lava las manos, se peinacon gel, el pelo ralo tirante y duro como tanza, hacia atrás, se cambia la camisa, se sienta en la mesa a esperar la comida. Hablan poco. Le gusta el silencio de su casa, que es distinto a los otros. Es un silencio lleno de cosas, un silencio empachado, repleto. Su mujer tapando y destapando cacerolas, las manos rojas de pimentón y sabañones, las puntas de los dedos ajadas por las plantas del jardín, cuidadas con amor y obsesión. Se va quedando dormido mientras espera.

*

Está de rodillas, con la tijera de pico de loro en la mano, podando un malvón, recortándolo como si fuera un melena y no hojas. Preparándolo para una fiesta, parece, ahí agachada, rindiéndole pleitesía a esa plantita de morondanga. 
Igual golpea las manos para anunciarse. La abuela levanta la cara, las manos todavía en la planta, la mira antes de sonreírle, la mira buscando algo, a lo mejor la intención que trae, porque si no es con la nieta, con el hijo, no la visita nunca.
Se quedan las dos en el jardín. No tienen mucho de qué hablar, pero hablan de plantas. De la nieta, que está por ahí, con la bandada de chicos de la cuadra, haciendo alguna tropelía buena, dice la abuela. Es buena, dicen las dos. Todos son buenos para usted, dice la mujer y se ríe. La abuela no se ríe, pero dice que sí, pobrecitos todos. 
Tiene el estómago revuelto, siente que está listo para ser vaciado, como una cartera sobre la mesa, todo desparramado, sin orden. Lo piensa y lo dice sin darse cuenta. La abuela la mira, arrodillada, con la tijera oxidada en la mano, la mira y entiende todo.
Se para y la lleva, apoyándole la mano en la espalda, hasta la cocina. La sienta en la silla de cuerina, la acompaña hasta que está totalmente sentada y se pierde en la despensa buscando un té que la ayude a reponerse.
La despensa huele a cajas, a yerba, a endulzante sintético. Huele a mantel de hule, a ropa planchada, al metal de los tiradores del aparador. 
Desde ahí sale el ruido de las tazas, de las latas que se abren y se cierran. La abuela canta. No, no canta, le está hablando a ella. Bajo, discreta, como es ella.
Le dice que no ha sido fácil toda esta vida con un marido que viaja casi todo el mes. Que sólo vuelve una semana y se va tres. Que cuando regresa la casa nunca es la misma, ella nunca es la misma y es un acostumbrarse de nuevo. No es lo mismo, dice y se pasa la mano por el bozo, transparente y enrojecido por este énfasis inusual que la abraza, le aprieta el pecho. Prefiere hablarle desde ahí, haciendo que busca cosas, mientras tanto acomoda, pero no tienen que verse a los ojos, que es lo más difícil. No se puede mirar fijo a los ojos a quien uno le está hablando. No mucho tiempo.
Una vez se fue y me pasó algo, dice. Los chicos ya eran grandes. Yo estaba sola, con la casa, con la escuela, con las tareas, las plantas, la única mujer sola del barrio, los demás maridos se van a la mañana y vuelven a la noche, el mío se va y no vuelve. Y cuando vuelve nadie lo ve, entonces es como si no volviera nunca, le dice.
Las tazas sobre los platos. Como esperando para ser servidas. Los pocillos de café. Las ensaladeras. El orden la hace sentir bien, a salvo. Entonces, dice. El entonces viene desde algún lugar remoto de su cabeza, de la despensa. Entonces tuve un retiro –no dice retraso, demora, dice un retiro– y estuve esperando días que pasara. Va a pasar, me la pasaba pensando. No puede ser. No sentía nada, ni náuseas, ni dolor de cabeza como con el varón. Ni vértigo, como con la nena, o el pelo brillante y la piel lustrosa. Nada. Pero no podía. No quería.
La silla de cuerina la hace transpirar. Siente que el aire se le angosta en el pecho. Escucha voces de chicos afuera, en la calle, parece la de su hija, la de los chicos de los vecinos. Gritos de niños que parece que no van a crecer nunca, que van a estar ahí, pidiendo atención, pidiendo comida, pidiendo que los alcen, que los abracen, que les den caramelos, monedas, que les den los ojos, las manos, las rodillas para subirse y mirar más allá de los hombros. 
La tiene parada enfrente ahora, con una taza Durax en la mano, con plato y cuchara, vacía. Se desabrocha unos botones de la bata, se sube la enagua, con la otra mano. Le ve la ropa interior, la trusa perlada y sigue el dedo que le señala, en la mitad del río de arrugas y pliegues de la panza un punto específico, una marca más rosa, apenas más húmeda y turgente que las demás marcas de vejez. A vos no te va a pasar, le dice, ahora se hacen distintas las cosas. Esto fue distinto, acentúa de nuevo la palabra, ahora sí la mira fijo, con una fiereza que no le conoce, ni le vio antes, ni le contaron que podía tener. 
No le digas nada. Ni a él ni a nadie. Los vas a preocupar por algo que no tiene sentido. Es mejor guardártelo para vos sola. Cruzate a la siesta a lo de Rodríguez hijo, le dice. El padre ya no atiende, el consultorio ahora le quedó al más chico. 
Se baja la enagua, se abrocha la bata; el telón del rigor se cae de los ojos y tiene la misma mirada gris-cándido de siempre. Le sirve el té y la acompaña mientras lo toma, en silencio las dos, mortificadas, incómodas hasta para invitarla a irse, para irse por su cuenta ella.
La lleva hasta la puerta, la mano esta vez en la cadera, un gesto de co- madre que tampoco le volverá a ver nunca. Caminan juntas hasta el malvón, ahí la deja, vuelve a la tijera, como si el tiempo se hubiera detenido en esa poda. Levanta la cara y el sol le pone luces y sombras en su mueca rústica, de campesina europea tallada a piedra y viento. Yo preferí la limpieza, le dice.
La tijera se hunde en los tallos verdes y carnosos que gotean sobre el piso de baldosa roja, desangrándose.

*

La hija cuenta de veinte para atrás, uno a uno, deshaciendo dos decenas de números hasta que los amigos se escondan, o explote la mancha fantasma, la mancha de los colores o uno de esos juegos que juegan y que siempre terminan con el miguerío de chicos rodando por la calle, moquientos y sucios de polvillo y paso. El médico le da la espalda de bata blanca, acomoda el instrumental en el horno, la piletita que parece de muñecas, pero de metal, el bisturí, unos tubos, unas pinzas. La hija sigue contando afuera, mientras su marido se purga de la gripe, mientras la suegra se hace la que duerme la siesta al lado del abuelo, al amparo de un Cristo crucificado que cuelga en la cabecera de la cama. Ya va a pasar, lo que no sabe es cómo, ahí casi desnuda, de la cintura para abajo, con los pies en cada estribo, ni sabe si arrepentida o segura, mientras el médico se apronta, le dice casi ya estamos, respirá hondo, pensá en otra cosa que en veinte minutos salís de acá caminando, como si nada.
Ya pasa.

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Luciana De Luca participó en 2012 de la Antología de Cuentos Raros, de Ediciones Outsider, y en 2013 publicó su primer libro de cuentos, Las fiestas no son para los niños, a través de la Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense.

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