30/3/11

Otro Final


“No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a espaldas nuestras.” Un paso antes del umbral la arrojé tan fuerte como pude. Lamenté este primer y último acto de violencia sobre Irene. Cayó al zaguán, llevaba el tejido colgando. Un segundo tuvo para mirarme antes del estruendo sólido de la puerta al cerrarse; supe que no comprendió y que me lo reprocharía hasta su muerte (tanto más lejana que la mía). Con la puerta a mis espaldas, miré el camino que dejaron los ovillos, que moría bajo mis pies. Caminé lento hasta la cocina (por suerte, todavía no estaban allí) y empecé por las cortinas. Después abrí las hornallas. En un rincón me quedé inmóvil, mirando la plaga anaranjada que subía desde las puntas del mantel. Es de verdad paradójico, pensé, que el fuego tuviera un sonido líquido. Cuando llegaron, la luz ardía hasta la puerta.

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Basado en "Casa Tomada", de Julio Cortázar

18/3/11

Si, gracias


Solo respondimos que sí, que gracias. El trato era tan cordial. Además el hambre. Desde temprano no comíamos, pensando en la cena. Entonces, cuando la boca perfectamente maquillada de la recepcionista nos invitó a pasar, cada una, a mesas distintas, dijimos que sí, que gracias. Claro que llegamos juntas. Y queríamos charlar, contarnos las últimas novedades, ponernos al día, pero teníamos hambre.

Me dije mentalmente que la recepcionista debía ser una mujer verdaderamente intuitiva; me asignó una mesa al lado de la ventana, como a mí me gusta, y a Verónica en el centro del salón. Todo sin preguntar. Chau, Laura, me dijo Verónica. Nos vemos después del postre, respondí. Y en seguida imaginé un menú repleto de delicias. Así empezó todo, el viernes a la noche.

Un hombre acercó mi silla a la mesa, mientras otro me colocaba un enorme babero. Un tercero trajo tostadas tibias, queso, jerez. En otra fuente, maníes y pasas de uva. A la izquierda, patés, aceitunas, tomates secos. Y después, apenas pensé en la sed, y una niña con delantales trajo jarras heladas, copas enormes. Probé un poco de cada cosa, y me acordé de Verónica. Estiré el cuello, entorné los ojos para ver en la oscuridad, apenas vejada por las velas, y descubrí que no había nadie alrededor. La mesa más próxima estaba, por los menos, a unos treinta metros. No recordaba haber caminado tanto. Me urgió saber la hora, volví a pensar en Verónica, e instantáneamente parte de la oscuridad se volvió mozo. Un mozo amable que me dijo “es temprano, señorita, aquí tiene, pasta y mariscos; el vino, permítame su copa, fue añejado en roble, pruebe”. Respondí que sí, que gracias. Y entre bocado y bocado solo pude articular dos reflexiones: primero, que el servicio era excelente, todos allí parecían leer mis pensamientos; y segundo, que el mozo nunca movió sus labios para hablar.

Me desperté avergonzada. Entre los platos distinguí los restos de un postre de chocolate y canela, al lado, frutas y caramelo. Venía, desde otro salón, olor a pan caliente. Era de día y llegó una morena con brazos fuertes. “Por aquí, señorita, el desayuno está casi listo”. Sentí las piernas entumecidas y al instante la morena ayudó a ponerme de pie. Como si el aroma fuera un trazo visible, me llevó hasta el pan recién horneado, el café. “Con leche, ¿verdad?” Y yo le dije que sí, que gracias. Antes del primer sorbo, intenté decirle que yo había venido con alguien, que por favor... Y me sonrió rápidamente. Tan rápido como introdujo en mi boca una masita de manteca. Pensé en mis muelas y en que debo dejar de pensar. Todo lo adivinan.

La segunda noche me sentaron en el ala derecha. Yo era una boca, una lengua, una garganta. A lo sumo, un cuerpo adormilado. Esquivando los pensamientos adivinables llegué a una conclusión: no había, en realidad, motivos de queja. Todo era exquisito y oportuno. Ya no había nada que desear.

Luego de una semana aquí ya no necesitaba caminar. La morena o el mozo amable me trasladaban a una u otra mesa en una silla convenientemente mullida, con ruedas. Un orificio en la sentadera me permite orinar y defecar sin esfuerzos. Me higienizaban, aunque no sabía cómo ni cuándo. El respaldo, perfectamente reclinable, evitaba el entumecimiento por dormir sentada. A veces, la niña de los delantales o la recepcionista -y su boca- me sonreían. Ya había abandonado el hábito de pensar. Eventualmente, solo eventualmente, me angustiaba la idea de salir de aquí, porque ya había logrado olvidar todo, porque ahora solo deseaba aquello que me daban. A veces dudaba del orden cronológico de mi necesidad. A veces, solo a veces, me parecía desear el alimento después de empezar a devorarlo. Igualmente, saciado el hambre, acababa la duda.

En el almuerzo sirvieron carne, estaba ligeramente dulzona. Cuando encontré el anillo en el plato entendí la razón: Verónica era terriblemente golosa. En ese instante, vino la morena. Traía sal. Le dije que sí, que gracias.
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7/3/11

La Puerta


Me anega una oscuridad roja. Violento el borde mismo de los ojos, los obligo al límite sin resultado alguno. La luz es un juego escurridizo, un fluido ajeno e imprevisible que me recuerda el completo vacío de recuerdos. Recordar es algo rojo, como ver mis propias cavidades, como no ver. Como estar aquí. Solo una cosa hay parecida al recuerdo, y son los cables. Pero no se decir el tiempo ni el espacio, solo es decible el mismo letargo, la misma entrega. No puedo asegurar si los cables salen o entran, pero creo que da igual. Porque estoy detenido en una suspensión redonda, eterna por lo profunda, espesa. Los cables, intuyo, son parte de mi cuerpo; una extensión lineal que quizás cruce las fronteras de esta redondez que de a poco me borra el nombre, el calendario, la lengua, la designación misma de las cosas. Ya no se cómo se llaman los cables, si son cables o venas, si la redondez es mía o ajena. Y al tiempo que todo se borra, un golpe. Cada centímetro de mi cuerpo es un cola infinita que se apaga desde la periferia, una extinción rectilínea que se propaga con cada golpe, hasta empequeñecerme. Falta poco, lo se. Es lo único que se. Que falta poco y los golpes. Los golpes son lejos y se irradian, y me llegan. La habitación, eso que llamaba habitación cuando recordaba el lenguaje, se achica. Las paredes se someten a un capricho flexible que me ajusta. Las paredes me asfixian. Es un ahogo rojo. El derrumbe es sobre mí y corta los cables. Se lleva el sopor, la flotabilidad, la paz. Las paredes me empujan en un sofoco desgarrador. Todo a mi alrededor se rompe, se deshoja. En la orilla misma de la dispersión, ya casi no respiro, y los golpes son mortales, lo se en la carne. Muero. Y ahora unas manos me compelen a la luz. Ahora es blanco, ahora es azul. Nazco.


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