17/1/11

Hambre


Caracolas negras por tripas. Esos moluscos negros, que no me atrevo a llamar gusanos, me comen y llegan a la boca; engullen pan y palabras. Me completan de seres muertos destrozados por mí, por mis dientes inescrupulosos y voraces. Por cada verso un bocado, y es una caída sin orillas ni abismo; un displacer redondo, una motricidad que me compele a la inconciencia. Soy un rostro que no me quepa en las manos para llorar con un quejido apenas. Un cuerpo que no me quepa en el cuerpo, que crece de un silencio mudo y sólido. Sordo y afiebrado. Todos los diablos del estómago me patean cuando muero un poco, boca abajo; cuando quiero salir de mi, y empequeñecerme y decir, y que mi voz suene y arda y cante.


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3/1/11

Digesto


Llueve dentro mío una canción en la que llueve. Arrumbada en tu costado, blanquísima. En el ángulo blanco, donde me pierdo blanca y gota de lluvia y canción. El cuerpo es la excusa para la postración del sonido. Nada solemne saldrá de mí. Nada importante, narrable o verdadero. La canción que se llueve de a poquito, el blanco mío y nuestro, el ángulo del silencio, que miro y desmigajo. Que se pudran, si. Una y todas, las letras, las diéresis. Que hagan carrera si duermo o vomito. Que forniquen los vasos en puja y sentencia. El tiempo vuelto hacia los dientes se me derrite en la lengua. Incuba la muerte indecible, el ruido indecible. La muerte y el ruido que decís, vivísimo, con los labios inescrutables. Lo que decís de opaco y fuego, que trago y hago entrañas.


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