La calle separaba a los finos de los vulgares. De un lado, el bodegón que visitaba Alfonso todas las tardes, y del otro, la confitería donde Domingo tomaba su escocés. De un lado, los mozos estridentes y confianzudos, la puerta abierta y el dueño detrás de la barra. Del otro, las luces tenues, las voces tenues, los modos tenues.
Alfonso era de los que se sentaban a mirar las caras, los zapatos y las uñas. Se ubicaba en una mesa al lado de la ventana, siempre la misma, y allí adivinaba vidas y muertes, amores e infidelidades. La caída de la noche le aguzaba la mirada, y la cerveza, el pico. Parecía de unos treinta, por su desenfado y su desaliño, pero tenía algunos más. Sus jornadas en el bar le habían enseñado mucho de lo que contaba, y se sabía de memoria los personajes que adornaban las cuatro esquinas.
Domingo era un pintor presumido que iba a la confitería en busca de inspiración y se volvía con varios whiskys de más. Buscaba un momento sublime, un cuadro que pudiera hurtar mentalmente hasta atraparlo con el pincel. Pero le faltaba sensibilidad, porque mil y un escenas se le escaparon de los ojos. Es que miraba todo sin ver, excepto su reflejo, por el que podía detenerse varios minutos en una ventana, un vaso o una cuchara bien lustrada. Se lo veía más viejo de lo que era, por su peinado estricto y esa costumbre de nunca relajarse del todo.
Alfonso amaba a una mujer. Era mayor que él, exitosa, independiente, bonita. A veces se preguntaba qué vería en su delgado desparpajo, y si sus encuentros fugaces y espaciados se convertirían algo vez en algo parecido a una relación. Ella siempre olía a jazmín, y tenía un modo tierno de darle la espalda después del sexo; se ovillaba sobre el vientre, hecha un caracol, y dejaba los pies fuera de la cama, como necesitando que alguna parte de su cuerpo pendiera en el aire. Así, Alfonso le contaba las vértebras; parecía constatar que cada semana tuviera la misma cantidad. De a una, con dos dedos, hacía un caminito en los huesos.
Domingo amaba a una mujer. Era unos labios salvajes, unos brazos firmes y unos pies pequeños. Era ligera y desafiante. La admiraba por su desvergüenza. Impertinente y aprovechadora, ocupaba toda la cama; y Domingo, gustoso, le cedía su espacio. Con una desnudez pasmosa se tendía boca arriba, con las manos abiertas y blanquísimas, y se miraba sonriendo en el espejo que la copiaba desde el techo. Cada jueves parecía gustarle más.
El martes pasado, Alfonso y Domingo se buscaban en el fondo de sus vasos, como de costumbre. La cerveza y el escocés eran un amarillo unísono, cuando los dos, urgidos y adolescentes, salieron a la puerta de sus bares. Apuraron unos pasos, llegaron a la esquina y se miraron con extrañeza en el punto de encuentro. Los dos corrieron a saludar a Estela.
Alfonso era de los que se sentaban a mirar las caras, los zapatos y las uñas. Se ubicaba en una mesa al lado de la ventana, siempre la misma, y allí adivinaba vidas y muertes, amores e infidelidades. La caída de la noche le aguzaba la mirada, y la cerveza, el pico. Parecía de unos treinta, por su desenfado y su desaliño, pero tenía algunos más. Sus jornadas en el bar le habían enseñado mucho de lo que contaba, y se sabía de memoria los personajes que adornaban las cuatro esquinas.
Domingo era un pintor presumido que iba a la confitería en busca de inspiración y se volvía con varios whiskys de más. Buscaba un momento sublime, un cuadro que pudiera hurtar mentalmente hasta atraparlo con el pincel. Pero le faltaba sensibilidad, porque mil y un escenas se le escaparon de los ojos. Es que miraba todo sin ver, excepto su reflejo, por el que podía detenerse varios minutos en una ventana, un vaso o una cuchara bien lustrada. Se lo veía más viejo de lo que era, por su peinado estricto y esa costumbre de nunca relajarse del todo.
Alfonso amaba a una mujer. Era mayor que él, exitosa, independiente, bonita. A veces se preguntaba qué vería en su delgado desparpajo, y si sus encuentros fugaces y espaciados se convertirían algo vez en algo parecido a una relación. Ella siempre olía a jazmín, y tenía un modo tierno de darle la espalda después del sexo; se ovillaba sobre el vientre, hecha un caracol, y dejaba los pies fuera de la cama, como necesitando que alguna parte de su cuerpo pendiera en el aire. Así, Alfonso le contaba las vértebras; parecía constatar que cada semana tuviera la misma cantidad. De a una, con dos dedos, hacía un caminito en los huesos.
Domingo amaba a una mujer. Era unos labios salvajes, unos brazos firmes y unos pies pequeños. Era ligera y desafiante. La admiraba por su desvergüenza. Impertinente y aprovechadora, ocupaba toda la cama; y Domingo, gustoso, le cedía su espacio. Con una desnudez pasmosa se tendía boca arriba, con las manos abiertas y blanquísimas, y se miraba sonriendo en el espejo que la copiaba desde el techo. Cada jueves parecía gustarle más.
El martes pasado, Alfonso y Domingo se buscaban en el fondo de sus vasos, como de costumbre. La cerveza y el escocés eran un amarillo unísono, cuando los dos, urgidos y adolescentes, salieron a la puerta de sus bares. Apuraron unos pasos, llegaron a la esquina y se miraron con extrañeza en el punto de encuentro. Los dos corrieron a saludar a Estela.
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