22/10/10

La Esquina


La calle separaba a los finos de los vulgares. De un lado, el bodegón que visitaba Alfonso todas las tardes, y del otro, la confitería donde Domingo tomaba su escocés. De un lado, los mozos estridentes y confianzudos, la puerta abierta y el dueño detrás de la barra. Del otro, las luces tenues, las voces tenues, los modos tenues.

Alfonso era de los que se sentaban a mirar las caras, los zapatos y las uñas. Se ubicaba en una mesa al lado de la ventana, siempre la misma, y allí adivinaba vidas y muertes, amores e infidelidades. La caída de la noche le aguzaba la mirada, y la cerveza, el pico. Parecía de unos treinta, por su desenfado y su desaliño, pero tenía algunos más. Sus jornadas en el bar le habían enseñado mucho de lo que contaba, y se sabía de memoria los personajes que adornaban las cuatro esquinas.

Domingo era un pintor presumido que iba a la confitería en busca de inspiración y se volvía con varios whiskys de más. Buscaba un momento sublime, un cuadro que pudiera hurtar mentalmente hasta atraparlo con el pincel. Pero le faltaba sensibilidad, porque mil y un escenas se le escaparon de los ojos. Es que miraba todo sin ver, excepto su reflejo, por el que podía detenerse varios minutos en una ventana, un vaso o una cuchara bien lustrada. Se lo veía más viejo de lo que era, por su peinado estricto y esa costumbre de nunca relajarse del todo.

Alfonso amaba a una mujer. Era mayor que él, exitosa, independiente, bonita. A veces se preguntaba qué vería en su delgado desparpajo, y si sus encuentros fugaces y espaciados se convertirían algo vez en algo parecido a una relación. Ella siempre olía a jazmín, y tenía un modo tierno de darle la espalda después del sexo; se ovillaba sobre el vientre, hecha un caracol, y dejaba los pies fuera de la cama, como necesitando que alguna parte de su cuerpo pendiera en el aire. Así, Alfonso le contaba las vértebras; parecía constatar que cada semana tuviera la misma cantidad. De a una, con dos dedos, hacía un caminito en los huesos.

Domingo amaba a una mujer. Era unos labios salvajes, unos brazos firmes y unos pies pequeños. Era ligera y desafiante. La admiraba por su desvergüenza. Impertinente y aprovechadora, ocupaba toda la cama; y Domingo, gustoso, le cedía su espacio. Con una desnudez pasmosa se tendía boca arriba, con las manos abiertas y blanquísimas, y se miraba sonriendo en el espejo que la copiaba desde el techo. Cada jueves parecía gustarle más.

El martes pasado, Alfonso y Domingo se buscaban en el fondo de sus vasos, como de costumbre. La cerveza y el escocés eran un amarillo unísono, cuando los dos, urgidos y adolescentes, salieron a la puerta de sus bares. Apuraron unos pasos, llegaron a la esquina y se miraron con extrañeza en el punto de encuentro. Los dos corrieron a saludar a Estela.
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7/10/10

El Sueño Indicado


En la quiniela, hace años que no saca un número a la cabeza. Trata de jugarle a lo que sueña, y encontró un método que guarda con recelo para elegir el número de la suerte. Por ejemplo, si ha soñado que su padre muerto le convida ensalada de tomates, no le juega al 48 y al 46 como cualquiera hubiera hecho. Le juega al 44 y al 86, como corresponde, porque los sueños son ladinos, y los mensajes que nos envían deben ser cifrados, solapados, para que los desentrañe solo un verdadero intérprete del azar. En este caso, es evidente que su sueño vaticina que prontamente una cárcel se prenderá fuego. Los años que lleva sin ganar no le preocupan. Está seguro que el único inconveniente es no haber dado con el sueño indicado.
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6/10/10

El Reloj


Es una verdad universal que los relojes son manejados por ratones. Al menos todos los que excedan los noventa y nueve centímetros de diámetro. Los de torres, ayuntamientos, campanarios. Los de aeropuertos y plazas con monumentos, los de escuela. También lo era el nuestro, el de la estación de tren.

La tropa de ratones varía de un reloj a otro. Se sabe que los relojes de ciudad emplean menos ratones, porque la bulla urbana le quita sentido a las campanadas. Algo similar ocurre con los relojes londinenses, que no tienen ratón operador de segundero, porque la neblina atenta contra ese brazo flaco y veloz. En las iglesias, en cambio, los ratones son un imperio vasto; se organizan milimétricamente y tienen guardias y suplencias, porque muchos se duermen con la nana elástica que propone el rezo autómata.

Sin embargo, el nuestro era un reloj ordinario, de estación de tren. Ordinario y único y testigo. Tenía un par de ratones por pieza en cada turno. De tanto en tanto, llegaban doce ratones pequeños que cenaban la mugre que empezaba a tapar las horas. Y si bien no teníamos certeza, nos parecía que las primeros días de escuela, los Domingos de Pascua y los primero de año, doblaban los ejércitos. Porque sonaba gordo e ineludible. Sonaba con unas campanas de tijera, que cortaban la respiración y la rutina, y apuraba el paso, hasta de los viejos.

Dos corrían sobre el vástago que movía la primer gran rueda dentada. Otros dos, hacían lo propio en la segunda rueda; a ésta, parecida a un gigante disco de teléfono, le brotaba una columna hasta el engranaje de piñón fijo, que agitaba los brazos del tiempo. A centímetros de allí, un ratón, posiblemente gordo, cuidaba con recelo la pequeña isla interior que contaba los segundos. Como una burbuja estanca, como oteando desde arriba al cinco y al seis, el segundero giraba sin cansancio, con ratones que se pasaban la posta de a cinco pasos del más largo de los brazos. Diez ratones batían las campanas, y unos cinco, luchaban contra la invasión de las palomas.

Todos lo sabíamos, y el equilibrio era numérico, vital, mecánico. El tren respondía como todos nosotros. El humo de su chimenea, la misa de las ocho, las puertas de la fábrica, todo se sometía y funcionaba. Algunos simulábamos un olvido, y allí dejábamos pan o frutas, cuando pasábamos por la estación. Y así lo hacían los empleados del correo, cuando retiraban las bolsas de correspondencia, y las monjas del convento, cuando iban a limpiar el crucifijo donado para la sala de espera. Todo acontecía; como los dientes muerden, como las uñas crecen, con liquidez, con una bellísima naturalidad cronológica.

Por eso, cuando dejó de venir el tren, pensamos en los ratones. En un descuido, en un ratón haragán, en una huelga. Y no. Porque los brazos aún se batían, el timbre del colegio seguía sonando junto con las campanas de las ocho. Y aún así, con esa precisión quirúrgica, con ese compromiso de calendario, el tren dejó de venir. El tren dejó de someterse, dejó de venir, dejó el pueblo.

Durante los primeros tiempos, íbamos en grupos a pedir explicaciones a las boleterías. Después, fuimos quedando menos. Y esos pocos, inclusive, aprendimos el silencio en la estación de tren, de la estación del reloj, del abandono.

Las vías se volvieron verdes, las paredes, ocre. El crucifijo se agrietó en la espera. Los bancos se opacaron; los vidrios, todos fueron víctimas de las gomeras. Los andenes sordos, se enmohecieron, se marchitaron, como el pueblo.

Solo el reloj mantenía la lucha. Hasta ayer, casualmente, que invadieron las casas y las calles. Se cansaron de la indiferencia, supongo.

Extrañamente, empezaron por la iglesia y el destacamento. Después la salita, los almacenes. Tenían hambre, supongo.

Muy pocos quedamos vivos. Nos agolpamos en un rancho viejo. Tapiamos las ventanas y las puertas. Rezamos todo el tiempo. Pero ya los escucho afuera. Tienen un chirrido tan agudo. Son tantos. Están enojados, supongo.
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