26/8/11

Manual de Procedimientos para escribir un verdadero Cuento Policial


1) Proponga un escenario inverosímil:

Para que un cuento policial se precie de tal, deberá situar un hecho absolutamente deleznable en un escenario admirable, pero cuidadosamente falso. Es decir, plantee asesinatos en familias felices, infidelidades en parejas sonrientes y vicios en hombres probos, religiosos y pulcros. Ponga especial énfasis en situar el pecado en un ámbito social blanco hasta el hartazgo, donde cualquier atisbo de conflicto humano se traduzca en una mancha escarlata.

2) Sobreestime la legalidad, sea absolutamente conservador:

Enfoque todo su discurso en la bondad del protagonista, es decir, en la irreprochable estima del solucionador infalible del hecho. Dótelo de toda la razonabilidad que habita en el mundo literario. Conviértalo en un investigador privado con todo y lupa, en un hombre incorruptible, tibio, puritano e inflexible. Es decir, quítele la humanidad.

3) Instale un antagonismo obvio:

Construya la atrocidad del hecho sobre la imprevisibilidad del conflicto. Insista en la idea de que un hecho de estas características irrumpe en una sociedad cuasi profiláctica. Escandalice a los personajes, provéalos de un temor desmedido y una desolación inexplicables. Paralelamente, ponga la paz del pueblo en manos del sujeto descripto en el punto Nº 2.

4) Utilice un horror lánguido:

Describa escenas criminales con fineza y estreñimiento. Escatime el uso de la sangre y la mención de órganos dañados por prácticas homicidas. Proceda a montar circunstancias impolutas. Tropiece con fallecidos lozanos, limpios y que conserven todas sus extremidades.

5) Confunda al lector con el uso de los personajes:

Este punto implica diversos apéndices:
a) Cree personajes innecesarios y a todos atribúyales un grado de sospecha.
b) Ponga especial cuidado en que los personajes carezcan de perfiles actitudinales.
c) Llame a todos los personajes por su apellido, y en lo posible, que todos sean ingleses.
d) Tenga la precaución de que todos los personajes sean perfectamente olvidables.

6) Utilice métodos loables y herramientas legales:

Desapasione la investigación y, obviamente, al investigador. Elabore procedimientos estructurados, estancos, metódicos, que hagan del desenlace un derrotero de lógica. Prescinda indefectiblemente de métodos extorsivos, engaños, allanamientos sin orden judicial, persecuciones y destrozos. Provea al investigador de templanza meridiana e inteligencia matemática. Trate gentilmente a los sospechosos, evite los prejuicios y los malos pensamientos.

7) Resuelva con espectacularidad falaz:

Encuentre la resolución del hecho en el hallazgo de elementos absolutamente extratextuales. Es decir, siembre pruebas tomadas en circunstancias no relatadas, y tenga especial cuidado en que sean irrefutables. Con este elemento, solo deberá demorar el análisis de las mismas para el momento en que deba entregar ineludiblemente el desenlace. Tenga la precaución de formular pruebas reveladoras que posean la especificidad, develamiento y atribución suficientes.

8) Detenga al malhechor con apatía:

Una vez encontrada la prueba irrefutable, mediante un procedimiento prolijo, porsupuesto, y atendiendo a una pulcritud escénica innegociable, proceda a encarcelar al delincuente sin esfuerzos innecesarios del investigador. Formule un final donde el paladín de la justicia toque el timbre de su morada, lance una frase grandilocuente, espose al malhechor sin resistencia, y tenga oportunidad de relatar ordenadamente, y a una audiencia inexistente, todos los hechos que lo han llevado hasta allí. Aquí, en el final, permítase por única vez un exabrupto de liviano tenor. Sólo a modo de ejemplo podemos citar algo como “villano, te pudrirás en la cárcel”, o “maldito, dejarás libre a este pueblo”.

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El presente Manual de Procedimientos se adjunta al
Kit de Producción de Cuentos Policiales®.
Se encuentra prohibida su venta por separado.

El Kit de Producción de Cuentos Policiales® incluye los siguientes productos:
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Garantía: 1 año, sólo por defectos de fábrica. No por mal uso.

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Basado en "Los laberintos policiales y Chesterton" de Jorge Luis Borges.

16/8/11

A pelo


Etel siempre iba en la Lucy. Yo iba con Jeremías en la Estela, que iba adelante y abría el yuyal, además se paraba en seco si aparecía una víbora. Yo iba con Jeremías porque era la más chica, además Etel siempre quería ir sola. Yo ya sabía montar bien, pero igual cerraba el pico cuando papá me decía “usté vaya con su hermano mayor”. Siempre se le hacía caso a papá, pero después que mamá murió los tres andábamos más calladitos, menos rezongones. Etel limpiaba y cocinaba y Jeremías ayudaba en el tambo, pero los guardapolvos los lavaba y planchaba Madrina, porque a la escuela se va como la gente, decía papá. Madrina vivía en la parte de atrás de la casa con Lisandro, que tenía un año más que yo. Ella había quedado viuda porque mi tío Luis se cayó del caballo y ahí no más estiró la pata.

Lisandro no iba a la escuela, Madrina decía que era al cuete. Pero Etel y yo todas las mañanas íbamos a caballo, ella en la Lucy, yo en la Estela. Jeremías me dejaba a la mañana y a la tarde me iba a buscar Lisandro.

Me gustaba volver con Lisandro. Me peleaba, pero era chistoso. Me decía, ¿y?, ¿cuántas ganzadas aprendiste hoy? Yo le decía que siga riéndose no más, que yo iba a ser más inteligente que él toda la vida. Y él me contestaba, qué me importa, yo tengo pito, tonta. Y se agarraba entre las piernas. Yo me reía y sabía que me ponía roja. Lo empujaba, me le subía encima para tirarle del pelo y siempre se me zafaba; era rápido como una saeta.

Después de dejarme en la casa, Lisandro dejaba el apero en el establo y montaba a pelo hasta el tambo. Yo lo miraba irse, y me dolía la panza.

Cuando pasó la inundación Etel se enfermó y se perdieron animales. Un par de días falté a la escuela porque Jeremías y Lisandro ayudaban a papá desde las cinco y yo tenía que cocinar. Cuando Etel se mejoró papá dijo que tenía que volver, así que al otro día fui sola. Elegí a la Lucy. Le agarré de la muserola y la acaricié entre los ojos. La Lucy masticaba el filete y movía la lengua. Nunca le había mirado la lengua de cerca. Pensé que se parece mucho a la mía. A la de Lisandro cuando me burla y se agarra ahí. También pensé que se parece a la carnecita de lo mío ahí abajo. Y cuando pensé, sentí la carnecita, apreté las piernas, me puse roja, lo sentí. Miré para todos lados porque acordarme me dio vergüenza. Pero seguía sola con la Lucy, que masticaba el filete.

Le ajusté la carrillera y la cincha. Clavé el pie en el estribo y me senté de un golpe en la montura. Sentí que se me hacían blandas las piernas, que el faldón, abajo del asiento, estaba caliente. Como cuando espero el guardapolvo que plancha Madrina y me lo acerco a la cara y está caliente y suavecito. La boca se me llenó de saliva así que le hinqué los talones a la Lucy para que arranque, para que se me vaya el calor y la saliva y la vergüenza; y la cara de Lisandro que me saca la lengua, y la mano entre las patas y el yo tengo pito, tonta.

Hasta salir del campo, la llevé a galope y el calor no se me iba de la panza. Pasamos el cerco y le di al trote. El viento me daba helado en los cachetes y yo abajo tenía un incendio entre la Lucy y la camiseta. Los golpes que hace el corazón en el pecho, yo los tenía en la frente, en el garguero, en los dedos. Y ya creía que me iba a hacer pis arriba de la Lucy, y tenía el cuerpo como duro esperando lo que me pasaba en la montura, y apretaba tanto las riendas que la Lucy empezó a bajar el trote. Cada vez más despacio. Hasta que frenó. Y ahí fue más malo que antes y hasta me acordé de los cuentos de muertos y poseídos de tía Vera.

Estaba como apurada, como tonta, pero me bajé de la Lucy y en un zas de rápido aflojé los latiguillos y vi caer la montura entre los yuyos. Me agarré de las crines, me subí al lomo de la Lucy, le abracé el cuello con la cara apretada entre los pelos. Tenía el mismo olor salado que Lisandro. Le di en las ancas, fuerte. Tenía los ojos cerrados como cuando ves negro del todo. La Lucy trotaba y yo no sentía el viento, ni el cuerpo, ni la vergüenza.

No fui a la escuela, por ahí me quedé. Cuando volví, Lisandro me dijo, ¿y?, ¿cuántas ganzadas aprendiste hoy? Yo le dije, una sola; que montar a pelo es como volar.

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4/8/11

El Plan


Enseguida supe que Manuel había pensado lo mismo que yo. No hizo falta mencionar nada. Apenas le conté que había conocido a Mónica y Darío le vi el entusiasmo. Son muy jóvenes, le dije. Ella no tiene más de 18. Yo me frotaba las manos, recuerdo que no podía dejar de frotarme las manos inquietas. Me tapaba la boca. Y Manuel me preguntaba, ¿estás segura? Y yo me imaginaba una liberación viscosa recorriéndole los sesos. Un basta de consultas y tratamientos y sexo acordado. Y después unos minutos de silencio. Y por fin se rompe y Manuel me dice: hacete amiga, Matilde.

Hacerme amiga y convencerla. Y si no lograba convencerla, quitárselo. Ese era el plan. El mismo que había imaginado Manuel, ni bien le conté. Me di cuenta que no nos importaron los detalles. Yo no pregunté si era un varón o una nena, qué tiempo tenía, si era saludable. Es que a esa altura no importaba. No miento cuando digo que todo lo hemos probado. Recuerdo las épocas esotéricas, las científicas, las de puro escepticismo, las de optimismo inexplicable. Recuerdo las velas, la macumba y los tés de yuyo. Las poses favorables, los días doce, trece, catorce. Hacerme amiga.

¿Cómo me dijiste que se llama el bebé? Se llamaba Sebastián. Pensé que podíamos cambiarle el nombre cuando fuera nuestro. Y tenía cuatro meses. Nos hacíamos amigas. Mónica me contaba de su soledad antes de Darío, antes de Sebastián. Nunca había conocido a su papá y desde hace años no tenía noticias de su madre. Estamos solos, los tres, me decía. Y a veces no se qué hacer con el bebé. No soporto el llanto, la mierda todo el tiempo. Vos tenés pinta de madraza, ¿por qué no tenés chicos? Porque vos tenés mi bebé, pedazo de ignorante, malsana, pensé. Y le contesté: Moni, es que nunca pude quedar embarazada. Tratamos con todo, pero bueno, el destino así lo querrá. Y la ignorante malsana, en lugar de callarse, dice: pero mirá que cosa loca, ¿no?, vos que querés, y yo no, y yo quisiera una mamá y vos un chico, que loco. Y yo le respondo: paradoja, se llama; eso, paradoja.

Una mañana le dije a Manuel que estaba cansada de tomar cafecitos con esos dos que tenían a nuestro hijo. Que ya no soportaba no poder ver a Franquito. Que esa yegua se la pasaba contándome sus penas, su puta madre abandónica, su padre ausente. Que cada vez que llamaba Sebastián a mi hijo me daba náuseas. Que siempre tenía una excusa; o que lo dejó en la guardería o que estaba con el inútil del padre. Pero por Dios, vos sos el padre, Manuel. Y le dije que basta. Que llegó el día.

Nos invitaron a cenar, porque ustedes siempre son tan divinos con nosotros, dijeron. No traigan nada. Vengan esta noche, así conocen a Seba.

Yo solo conocía su casa por fuera, de dejarla en la puerta después de nuestros encuentros. Siempre me pareció una pocilga, pero entrar fue repulsivo. La puerta de entrada lanzó un chillido de perro enfermo, de animal lacerado. Ella se había maquillado tristemente para la ocasión. Quizás el celeste rabioso de los parpados, las uñas de un rosa chicle que invadía las cutículas; quizás el pelito cortajeado, raya al medio, en dos colitas, le dio un aire infantil pecaminoso, ultrajado, de muñeca rota o escrita con fibra azul, de pendeja que vio a unos tíos gordos coger por el ojo de la cerradura, de guantes con los dedos rotos en las puntas, de medias rotas en las rodillas, de saco roto en los codos.

Mónica nos sentó a una mesa con mantel de hule, y yo sentía que a cada paso me ensuciaba, se me percudía la falda negra, se me hacía carne el olor a grasa. Mónica tenía la misma expresión que las flores de plástico sobre la repisa. Mónica trajo una soda en envase de vidrio, una picada en platos descartables, un jugo anaranjado para diluir. Mónica cortó el pan en rodajas, lo colocó en abanico dentro de una panera con servilleta de papel, lo puso en la mesa y me dijo: comé, mamá. No respondí a su provocación. Le pregunté por Darío. Ya viene, fue con Seba a comprar el vino. Con Franquito, le dije. No respondió a mi provocación. Manuel, mientras tanto, miraba todo con ojos de vaca.

Entró Darío y traía a Franquito en brazos. Estaba demasiado envuelto para verlo desde la mesa con mantel de hule. Me levanté apenas para ir hacia mi hijo y Darío me hizo un gesto con la palma abierta, para que espere. Con señas me dio a entender que estaba dormido y se escabulló por un pasillo sucio. Volvió con las manos vacías. Ahí noté que estaba peinado con rigurosa raya al costado. Tenía unas bermudas con tiradores como de instituto de pupilos. Un dejo de rector que hace rezar arrodillado sobre trigo, cara de bofetada en un domingo por interrumpir una charla de mayores, de primeras erecciones infantiles.

Para ese entonces, yo sentía una rata caminándome los intestinos, los riñones, los pulmones. Terminemos con esto, les dije. Quiero a mi hijo, ahora. Y en ese instante Darío se me agolpa en el pecho, me abraza, me envuelve como hace minutos envolvía a mi hijo. Y me dice: mamá, que linda que estás. Después me suelta, y pasa a colgarse del cuello de Manuel y le cuenta cuánto lo quiere y le dice papá. Y se suma Mónica, que con una mano en el hombro me sienta nuevamente, y sube a mis rodillas, me rodea el cuerpo, las uñas rosa sobre mi camisa blanca. Me muestra una muñeca que guardaba en el bolsillo del delantal, la peina con las manos. Manuel está con los brazos abiertos, mirando un abrazo que no responde. Y hay olor a sopa con lamparones de aceite, y hasta parece sonar una música vieja, de niños viejos, de disco rayado.

Como pude, me liberé de las manos de Mónica y corrí por el pasillo sucio, en busca de Franquito. La escasez de luz me hacía tropezar con un sinfín de juguetes, regados por el piso. La primera puerta era la del baño. En la segunda, al abrir, podía verse una cuna con tules desde el techo; la habitación estaba plagada de muñecos y había una reunión de cucarachas en una esquina. Agarré a mi hijo y al verlo inmóvil, con los ojos abiertos, la cabeza fría, no pude contener el llanto. Volví a la cocina cargándolo. ¿Qué hicieron con mi hijo?, les grité, y tiré contra el suelo el cuerpo inerte. Al caer, el bebote de porcelana se quebró en mil pedazos. Los holanes, las puntillas, el terciopelo azul de desinflaron sobre los trozos de bebé. Pude ver entre las lágrimas que Darío sacaba una escopeta, que nos apuntaba. Nos ordenó calma, nos invitó a sentarnos a la mesa, a cenar, como lo habíamos programado. Esto sí es una familia, dijo. Yo, minutos después, más repuesta, les dije: está bien, como quieran. Pero de ahora en más son hermanos. Vos te llamás Franquito. Y Manuel le dijo a Mónica: y vos te llamás Matilde, como tu madre.

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